General José Antonio Torres Mendoza (San Pedro Piedra Gorda 2 de noviembre de 1760-Guadalajara 23 de mayo de 1812), más conocido como “El Amo Torres”. (No confundir con el Padre José Antonio Torres originario de Cocupao, Michoacán, que también fue combatiente en la guerra de Independencia).
Fue administrador de la Hacienda de Atotonilquillo, donde ganó el título del “Amo Torres”. Al tener noticia de la revolución de Dolores, se dirigió a Guanajuato, donde ya se encontraba Hidalgo, para pedirle que le facilitase recursos con qué apoderarse de Guadalajara; el caudillo le extendió el nombramiento de Coronel y puso a su disposición algunos centenares de hombres que fueron el núcleo del ejército que después formó Torres.
Torres se dirigió a su pueblo natal y empezó a reclutar gente; dio el mando de una pequeña partida a su hijo, llamado también José Antonio, y él se dirigió en busca de la gente levantisca que conocía en las dos orillas del Lerma; en el espacio de pocos días se levantaron Toribio Huidobro, Onofre Gómez Portugal, Alatorre, Godínez y otros cabecillas que extendieron la insurrección por toda la Nueva Galicia, dándoles el encargó de que insurreccionasen el Sur de la provincia, él se dirigió resueltamente sobre la capital.
La ocupación de Guadalajara fue la consecuencia inmediata de la acción de Zacoalco y se llevó a cabo con todo orden el 11 de noviembre de 1811; Gómez Portugal, Godínez y demás jefes, se manifestaron conformes con las racionales proporciones del vencedor y Huidobro y el Lic. Avendaño fueron enviados a Guanajuato para llamar a Allende; otros comisionados fueron enviados a Hidalgo con el mismo objeto, y por último el cura Mercado recibió el encargo de apoderarse de Tepic.; Colima había sido ocupada por el joven José Antonio Torres. Con esos actos quedaba ocupada toda la Nueva Galicia, el occidente y Sur de Michoacán, que por confiar con la tierra caliente, en realidad ya no volvió a ser recuperado por lo realistas.
Hidalgo y Allende llegaron sucesivamente a Guadalajara y recibieron el mando supremo con aplausos de Torres, éste se ocupó en disciplinar su ejército y en aumentarlo; asistió al combate de Calderón y cuando se declaró la derrota quiso poner en salvo las cargas enviándolas a Piedra Gorda, operación a la que se opuso Anzorena qué hizo que siguiesen a Zacatecas; siguió Torres a los caudillos y en Saltillo se convino que continuase en el ejército de Rayón en calidad de segundo. Cuando se supo la prisión de los generales Torres propuso que el ejército fuese a libertarlos, pero el Mariscal Ayala y el mismo Rayón se opusieron, alegando que podía desaparecer el último ejército insurgentes y que era necesario conservarlo para que no muriese la idea de la independencia.
Fue llamado a formar parte de la Junta de Zitácuaro, pero no pudiendo asistir personalmente, dio su representación a Don Remigio Yarza.
A raíz de la derrota de Tlazazalca, el comandante Arango emprendió una activa persecución contra Torres, obligándolo a huir continuamente; no obstante, consiguió reunir alguna gente que fue derrotada en Paracho, en marzo de 1812, acción en la que Torres perdió su equipaje y pocos días después, el 3 de abril, cayó en manos de la guerrilla de López Merino.
Torres fue conducido a Guadalajara donde se le formó proceso por el Canónigo Velasco que había sido su partidario. Fue sentenciado a la horca y al descuartizamiento, toda la guarnición de la ciudad fue llevada a presenciar la ejecución el 23 de mayo de 1812; la horca en qué se le colgó fue de dos cuerpos, para que se le viese bien de todas partes.
La cabeza de Torres fue cortada y colocada en un alto palo, y su cuerpo descuartizado, remitiéndose el brazo derecho a Zacoalco, el izquierdo a la garita de Mexicalcingo, y las piernas una a la de Carmen y la otra a la garita de San Pedro. A los cuarenta días de exhibición esos sangrientos despojos fueron quemados.