Recopilador Periodista Alberto Alvarado y Archivo Histórico Municipal de Irapuato.
Resulta indudable que la Intervención Francesa y el imperio de Fernando Maximiliano de Habsburgo representan un capítulo corto pero decisivo en la historia de México. La importancia de este episodio de la historia nacional radica en que por última vez se disputó la forma de gobierno entre la república y la monarquía. Tanto el presidente Benito Juárez como el emperador Maximiliano de Habsburgo, trataron de imponer y legitimar su política, para ello, la prensa fue un instrumento. Dicho monarca, tras llegar de Europa a la Ciudad de México a mediados de 1864, decidió emprender un viaje, pues cuando empezó a legislar advirtió que ignoraba cuál era la mentalidad mexicana y la verdadera situación del país. Esta excursión duró del 10 de agosto al 30 de octubre de 1864, durante la cual recorrió los actuales estados de Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Estado de México. ¿Cómo fue su estadía en el entonces Departamento de Guanajuato y su pasó por Irapuato? Contestar dicha interrogante es el objetivo principal de este breve artículo.
El emperador realizó este viaje con el fin de promover su imagen y el hecho de que se trasladara al pueblo de Dolores para conmemorar el inicio de la Independencia de México se debe considerar como un acto simbólico. Durante esta excursión otorgó condecoraciones como estrategia política; esto le sirvió para ganar adeptos y en determinados casos premiarlos. A través de las condecoraciones pretendió impulsar una red de alianzas y lealtades entre el imperio y la élite provinciana y, al mismo tiempo, establecer lazos directos entre él y sus súbditos e incluso afianzarlos.
Como antecedentes podemos mencionar que el gobierno liberal encabezado por Benito Juárez, el 17 de junio de 1861, decretó la suspensión del pago de la deuda externa, lo que originó una serie de inconformidades en los Gobiernos de Francia, España e Inglaterra; a fines del citado año, estos países conformaron la convención denominada tripartita, con el objetivo de ocupar los principales puertos comerciales de México y sustraer de ellos los ingresos necesarios para satisfacer a los acreedores.
A principios de 1862, a la llegada a territorio mexicano de los tres países europeos implicados, el presidente Juárez mandó al ministro de Relaciones Exteriores, Manuel Doblado, a negociar y manifestar que la suspensión de los pagos era temporal; el funcionario mexicano se reunió con los plenipotenciarios extranjeros y presentó los argumentos del Gobierno mexicano, con lo cuales quedaron satisfechos los británicos y españoles, quienes aceptaron y firmaron el 19 de febrero los Tratados preliminares de La Soledad, para posteriormente retirarse.?
Por su parte, las tropas francesas enviadas por Napoleón III iniciaron un avance hacia la capital de la república, sin embargo, fueron vencidas el 5 de mayo en la conocida batalla de Puebla, en la que destacó el general Ignacio Zaragoza, quien envió un mensaje al presidente anunciándole que las armas nacionales se habían cubierto de gloria.
Tras la derrota del ejército francés, Napoleón III envió un mayor número de tropas, las cuales primeramente hicieron rendir a la ciudad de Puebla a mediados de abril. Tras este acontecimiento, el 31 de mayo, Juárez salió de la Ciudad de México y se marchó a San Luis Potosí. Por su parte, los invasores reanudaron su avance hacia la capital de la república, a donde arribaron el 10 de junio y convocaron a una Junta Superior de Gobierno, ésta nombró a una junta de notables, la cual decidió que la nación mexicana adoptaría por forma de gobierno la monarquía moderada con un príncipe católico.
La junta de notables convino en elegir como candidato a emperador de México al archiduque Maximiliano de Habsburgo y designó a una comitiva, encabezada por José María Gutiérrez de Estrada, para ofrecer el trono de México al Habsburgo; tras varios meses y cumplidas las previas condiciones, Maximiliano aceptó oficialmente la corona mexicana el 10 de abril de 1864 en Miramar, ese mismo día fue firmado el Tratado de Miramar por el ministro Velázquez de León, plenipotenciario del imperio mexicano, y Charles Herbert, representante autorizado de Napoleón III.
La pareja imperial, conformada por Maximiliano y Carlota, partió del castillo de Miramar el 14 de abril de 1864 en una fragata austriaca llamada Novara, la cual, después de mes y medio de viaje, apareció el 28 de mayo de 1864 en las costas de Veracruz, en donde la población recibió de manera glaciar a la pareja. Después de pasar por Orizaba y Puebla, los emperadores llegaron a la Ciudad de México un domingo 12 de junio, en medio de una gran recepción festiva.
El emperador decide emprender una excursión
Maximiliano resolvió emprender una excursión con el objetivo de conocer personalmente las condiciones en que se encontraba la nación y sus necesidades, así como para demostrar a las potencias europeas que en México imperaba la tranquilidad. El 5 de agosto el monarca anunció que emprendería un viaje, a través del ministro de Estado Velázquez de León, quien mandó una circular oficial en los siguientes términos:
México Agosto 5 de 1864. Queriendo S. M. el Emperador examinar por sí mismo el Estado actual de los Departamentos del Imperio, conocer sus
necesidades en estos momentos en que más se hace sentir en los del Interior la gran carestía y miseria; tratando de ser accesible su autoridad suprema a los pueblos, cuyo gobierno le ha sido confiado, y poder realizar mejor la protección y fomento, que tanto desea para México, saldrá próximamente de esta capital[…] ordenándome prevenga a todas, que deseando evitar gastos y considerando el estado en que han quedado las poblaciones por los horribles sufrimientos de la guerra, no se preparen recibimientos, adornos, ni diversiones que originen desembolsos siempre gravosos para el pueblo: de lo que cuidarán especialmente los prefectos, así como igualmente cuidarán de tener preparadas y prontas las listas de las cárceles y establecimientos públicos de instrucción, beneficencia e industria, de manera a poderlas presentar inmediatamente a la llegada de S.M.
El monarca decidió hacer un viaje por el centro del país, sin duda, hizo una buena elección al emprender una excursión que duró 80 días, pues ¿cómo gobernaría él una nación que no conocía? En este viaje debía informarse personalmente de la situación del nuevo imperio, crear una imagen benéfica y promocionarse en una tierra que él desconocía; lo hizo mediante una estrategia política para conocer a la élite provinciana.
Mientras Maximiliano estuvo de viaje Carlota permaneció en la Ciudad de México y quedó a cargo de la Regencia; para estar en comunicación y oportunamente al tanto de lo que pasaba en la capital, el soberano estableció un sistema de correos, el cual le permitió el despacho de algunos asuntos de importancia y le fue de gran utilidad para poder entablar una correspondencia con la emperatriz, la cual estuvo inédita por más de 100 años, hasta que fue publicada por un historiador austriaco.
Los emperadores bajaron del castillo de Chapultepec el día miércoles 10 de agosto de 1864 a las nueve de la mañana, a la salida del bosque Maximiliano se despidió emotivamente de Carlota, una vez que montó en su carruaje la comitiva imperial partió con rumbo a Tlalnepantla. Tras una semana de viaje la comitiva imperial arribó a la ciudad de Querétaro, capital de ese Departamento, entre las cuatro y cinco de la tarde -tras un largo y fastidioso día, le comentó Maximiliano a Carlota días después, mediante una epístola. Una vez que entró el monarca a esta ciudad, conforme al protocolo previsto, se le condujo a la casa de la familia Rubio (ahora conocida como Casa de los Cinco Patios), situada en la calle del Biombo (actualmente 5 de mayo). En el inmueble lo esperaban varias autoridades: el señor subsecretario de Guerra, el prefecto político superior, el señor Desiderio de Samaniego, el prefecto municipal y algunos empleados del Gobierno. Para celebrar su llegada los vecinos iluminaron la ciudad.
El emperador estuvo seis días en la ciudad de Querétaro; durante ellos realizó visitas e inspecciones a diversos establecimientos públicos, por ejemplo: en la mañana del jueves 18 de agosto, visitó cuatro escuelas públicas locales; posteriormente asistió al hospital, donde se informó del estado de sus fondos, así como de la clase y cantidad de alimentos que tomaban los enfermos; de ahí pasó a inspeccionar la cárcel, como de costumbre, pidió las listas pormenorizadas de los presos, el tiempo de su prisión y sus causas. Otras actividades realizadas por Maximiliano fueron: acudir a la fábrica textil de hilados y tejidos Hércules y a la fábrica La Purísima. También se dio un tiempo para nombrar a los integrantes del Ayuntamiento local y cambiar al prefecto político. De igual manera, realizó actividades en beneficio de los más necesitados, pues bajó el precio del maíz y, poco antes de partir, dejó un donativo para el hospital y otro para el beneficio de los pobres.
Maximiliano en el Departamento de Guanajuato
A las cinco de la mañana del martes 23 de agosto de 1864, la comitiva Imperial partió de Querétaro al estruendo de las salvas de artillería, entre una valla que formaban hasta la salida de la ciudad las tropas francesas y mexicanas allí reunidas. A las nueve de la mañana ya estaba en Apaseo, donde el emperador visitó tanto las escuelas como la iglesia, almorzó en el lugar y continuó su ruta hacia Celaya. Una legua antes de llegar a esta población, los celayenses salieron a recibirlo junto con las autoridades locales. Aquí le dieron alojamiento a Maximiliano en la casa de la señora Guadalupe Herrera, viuda de Villaseñor. El jueves 25 de agosto, la comitiva salió a las cinco de la mañana de Celaya, antes de hacerlo el emperador se despidió de su anfitriona y fue acompañado en su partida hasta tres leguas de distancia. Ese mismo día, el monarca entró a la una y media a Salamanca. Cabe destacar que en éste día el emperador se enfermó ligeramente de disentería, lo mismo que varias personas que formaban parte de su comitiva; tal vez por esto, al día siguiente Maximiliano empezaría sus visitas mucho más tarde de lo acostumbrado.
El sábado 27 de agosto de 1864, a las seis de la mañana, el soberano salió de Salamanca en compañía de su comitiva, pasaron por la hacienda de Buenavista y llegaron a las ocho a la villa de Irapuato -debido a los excelentes caminos, aseguró Maximiliano a Carlota. Como en las anteriores poblaciones que había visitado el emperador, en Irapuato las fuerzas francesas y mexicanas salieron a recibirlo, en la entrada de la población (que estaba muy adornada) se encontraba una fuerza de caballería que formaba una valla. La gente asistente radiaba mucho entusiasmo cuando ingresó Maximiliano y las autoridades civiles lo estaban esperando en la casa del señor don Vicente Vargas, lugar en donde se le dio alojamiento al monarca. A esta persona, el emperador le concedió la medalla al mérito civil, así lo comprueba la documentación archivística local.
Debido a que una comisión de vecinos, a nombre de la población, le había suplicado que permaneciera un día más, el monarca aceptó y fue a visitar el hospicio, la cárcel, el hospital y las escuelas; encontrando el hospicio en un estado lamentable, pues no había nada de utilidad en este local porque todo estaba destruido y arruinado. Compadecido el emperador de estos pobres infelices hospicianos, ordenó que se buscase inmediatamente otro local apto para trasladarlos lo más pronto posible. En la tarde se realizó una comida a la cual estuvieron invitados el teniente coronel de Courcy y tres oficiales del batallón de cazadores a pie, que iba de paso para la Ciudad de México; la música durante la comida estuvo a cargo de dicho batallón, por lo que se tocaron varias piezas.
(Cabe señalar que en 1863 llegó a la villa de Irapuato el ejército francés expedicionario comandado por el general Doual; en esa ocasión lo acompañaba el general Tomás Mejía quien iba a la cabeza de os soldados nacionales y se dirigía a tomar la ciudad capital de Guanajuato. De acuerdo con el cronista de la ciudad Javier Martín: “la permanencia de los franceses entre los irapuatenses fue altamente benéfica pues, con su ayuda y conocimientos, el comercio creció; las vías de comun cación mejoraron intensificándose el tráfico gracias a los cocheros de las diligencias que era franceses; floreció la minería, creando un ambiente positivo y alentador. No todos aceptaba ta condición y menos el hecho de estar gobernados por un extranjero y sostenido por soldados franceses)
A las nueve de la mañana del domingo 28 de agosto, el emperador asistió a misa en la parroquia (del Centro, hoy Catedral); a las doce fue a la trasladación de los hospicianos, que había ordenado el día anterior, por lo que presenció la entrada de éstos a su nueva casa y vio la comida que les dieron. En este acto concedió la medalla del mérito civil al señor don Francisco González, director del hospicio, para premiar los grandes esfuerzos que hizo y recompensar su notable filantropía, misma que era bien conocida en la población. En este día, para su desgracia, el soberano enfermó gravemente.
14 días en Irapuato, enfermo y convaleciendo
Del 29 de agosto de 1864 al 11 de septiembre (mucho más tiempo de lo previsto), Maximiliano y su comitiva permanecieron en la villa de Irapuato debido a una fuerte inflamación de garganta que los atacó. Gran número de personas, entre ellas tres de la comitiva, también fueron afectadas por esta enfermedad. Este incidente dio ocasión para que los pobladores de esta villa, así como de otras cercanas, mostraran su afecto hacia el emperador, pues, apenas se supo que estaba enfermo, numerosas personas de todas las clases empezaron a llegar a su alojamiento para informarse de su salud, por lo que fue preciso crear un registro para anotar todos los días los nombres de la multitud de vecinos que asistían; las autoridades, por su parte, acudían dos o tres veces al día para informarse del estado de salud de su majestad. Las señoras del lugar ofrecieron varias veces con empeño sus servicios, otros vecinos sabiendo que se le iban a aplicar sanguijuelas al emperador enviaron a sus criados a buscar las mejores en distintos lugares cercanos.
Diariamente se recibían comunicaciones de las autoridades de Guanajuato, León, Salamanca y otros puntos preguntando por el estado de salud del soberano; de igual manera, algunas comisiones de poblaciones aledañas fueron manifestando un gran interés por él. Durante el periodo que estuvo enfermo Maximiliano, la emperatriz Carlota estuvo muy angustiada y temerosa por la salud de su esposo y se lo hizo saber a través de la correspondencia, misma que escribió entre el 4 y 8 de septiembre de 1864; en ésta se refleja claramente sus más sinceros sentimientos al respecto:
“Alabado sea Dios porque te encuentras de nuevo bien, he pasado unos días amargos por mi angustia acerca de tu preciosa salud […] todavía ayer me preocupé mucho por la noticia de que tu sufrimiento continuaba. No eres como los otros hombres. Por ello temo siempre que te enfermes de modos diferentes, más de lo que se dice, es más, ya ni siquiera sé si tienes cuerpo, pues el relato de tu viaje me llena de tanta admiración que te tengo por un ángel. Tengo verdaderos celos de todo lo bueno que haces solo, en especial de los pensamientos que elaboras tan rápida y prácticamente”.
En otra misiva, con fecha 8 de septiembre de 1864, la emperatriz dice lo siguiente a su esposo:
“Tesoro entrañable amado: que angustiada estuve de nuevo por tu recaída, hubiera querido estar contigo, pero sabía muy bien que era imposible. Bombelles, siguiendo el impulso de su corazón, casi habría hecho el viaje, cabalgando hasta Irapuato, pero sin duda hubiese desfallecido y yo también se lo desaconsejé. Lo único que me tranquilizó fue que Almonte dijo que las anginas son muy frecuentes aquí, pero nunca peligrosas como en Europa, tanto más cuanto que duran tanto. A pesar de todo, tienes que tomar precauciones; tesoro mío, como te habrá dolido. Te aseguro que pensé sin cesar en ti”.
Se debe subrayar que la prensa fue el medio que utilizó la autoridad para dar a conocer y difundir el estado de salud del emperador durante su permanencia en Irapuato. En este sentido, el secretario del gabinete del emperador mandó un comunicado explicando el motivo de la enfermedad y su evolución al órgano periodístico La Sociedad, con la intención de que fuese publicado de la siguiente manera:
Damos publicidad a la siguiente comunicación:
Gabinete del Emperador. -Irapuato, Septiembre 5 de 1864. -Exmo Señor: -Según se ha anunciado á V.E. en mis partes telegráficos, al día siguiente de llegar a esta villa, fue atacado S.M. el Emperador de una inflamación de garganta, que aunque al principio empezó ligera y cedió á las medicinas empleadas contra ella, volvió después con nueva fuerza y lo ha hecho sufrir algunos días.
La invasión y la exacerbación del mal se explican por las variaciones bruscas de temperatura que han desarrollado aquí una epidemia de esta enfermedad. En efecto muchos de los habitantes de este lugar, y además tres personas de la comitiva imperial, han sido afectados por ella. En S.M. el emperador, que es de constitución robusta y ha padecido otras veces esta misma enfermedad, se desarrolló con violencia y lo ha hecho padecer el tiempo que ha tardado en formarse la supuración, pero afortunadamente hoy a las cuatro de la mañana se ha abierto la angina, con lo que esperamos termine el mal y dentro de pocos días se encuentre S.M.I. en estado de poder continuar su viaje.
Lo que participo a V.E. en cumplimiento de mi deber, y para que el público de México, alarmado ya por la noticia de esta enfermedad, esté al tanto del estado que guarda.
Dios guarde a V.E. muchos años. -El secretario del gabinete del Emperador, Ángel Iglesias. -Exmo. Señor ministro de Estado.”
Para el sábado 10 de septiembre llegó de León a Irapuato el general Uraga, quien tenía poco tiempo de adherirse al imperio, el general arribó a las doce del día y a esa hora lo recibió el emperador. Una vez que terminó su entrevista con el militar, Maximiliano le describió a través de una carta a la emperatriz Carlota su experiencia en Irapuato, mencionando los sufrimientos que padecía por su enfermedad y como, de alguna manera, aprovechó este tiempo leyendo sobre historia; asimismo, le comentó las impresiones que le dejó el conocer al general Uraga, en la epístola el soberano se expresó con estas palabras:
“Por fin puedo escribirte unas cuantas líneas, mi vida, y agradecer de todo corazón tus cartas infinitamente cariñosas e interesantes. Hace ya catorce días que estoy en este desdichado Irapuato, pero si Dios quiere mañana saldremos con rumbo a Dolores Hidalgo, para festejar alli el día de la independencia. Estuve verdaderamente muy enfermo y padecí muchísimo, durante tres días no pude hablar y casi muero de hambre y de sed; y tan lejos de ti, mi consuelo, tan sólo y abandonado fue lo más terrible, tuve una nostalgia tan tremenda por México. Las noches fueron especialmente penosas, pues tenía ahogos continuos y por tanto no podía dormir. Durante ese tiempo leí mucha historia y encontré gran consuelo en ello, me hizo mucho bien ver que también otros hombres tuvieron que luchar con grandes dificultades. Además la infinita amabilidad y cordialidad que me mostró toda la gente fue otro gran consuelo, me trataron con mucho amor profundamente conmovedor […] Hoy vi por primera vez al general Uraga, me cayó muy bien, aunque es muy pequeño, pero tiene una cabeza hermosa y maneras muy agradables.”
Al día siguiente, el domingo 11, una vez recuperado, el emperador determinó seguir su camino, por lo que escuchó misa a las siete y media en su alojamiento, acompañado tanto de su comitiva como por el general Uraga; enseguida dio audiencia a cuatro o cinco personas que la habían solicitado. A las ocho y media montó en su carruaje y emprendió la marcha, pasó por la hacienda de Doña Rosa, donde almorzó la comitiva. Cruzaron varias haciendas, en donde Maximiliano y sus acompañantes ingerían sus alimentos o pernoctaban, hasta que a la una y media de la tarde del día 13 arribaron a San Miguel Allende.
Poco antes de arribar a San Miguel Allende, los principales vecinos del lugar lo estaban esperando en la garita con una carretela descubierta, en la cual hicieron subir al soberano y en ella hizo su entrada. El recibimiento fue espléndido y cordialísimo; la ciudad estaba muy adornada con – elegancia y en la plaza principal se encontraba un arco y más adelante otro de corte romano. Las autoridades civiles recibieron a Maximiliano en la casa que le habían preparado para su alojamiento, de ahí pasó con la comitiva imperial a la iglesia principal, donde el señor obispo de León y otros clérigos lo esperaban en la puerta del templo, el cual estaba adornado y con mucha concurrencia; adentro había una orquesta que empezó a tocar cuando él ingresó. De la iglesia el soberano se dispuso a visitar la cárcel y posteriormente el hospital, el hospicio y las escuelas.
La comida oficial se llevó a cabo a las cuatro y media, durante ella varias de las señoras principales de la población cantaron himnos dedicados al emperador y tocaron algunas piezas en el piano. Para la noche los vecinos habían preparado una gran reunión, sin embargo, la lluvia impidió que se realizara.
Debido a la suspensión de la reunión que debió haberse realizado la noche anterior, en la mañana del 14 de septiembre un conjunto de vecinos de la población fue con música militar frente a la casa donde se hospedó el emperador, a quien vitorearon con gran entusiasmo, por lo que él se presentó en el balcón muy agradecido. Antes de la comida, el soberano decidió visitar la escuela de niños, que encontró muy adelantada; ahí uno de los alumnos pronunció un tierno discurso. A la comida oficial concurrieron, como de costumbre en este viaje, las autoridades locales así como los vecinos notables. En la noche se organizó un baile al cual Maximiliano no asistió por estar fatigado y hubo iluminación general, que no fue tan lucida a causa de la lluvia. El 15 de septiembre de 1864, a las seis de la mañana, salió la comitiva imperial de San Miguel Allende, a las dos de la tarde ésta llegó al pueblo de Dolores Hidalgo.
Conmemora el inicio de la Independencia
Maximiliano conmemora el inicio de la Independencia en el pueblo de Dolores
Para celebrar el aniversario del inicio de la Independencia de México, a cincuenta y cuatro años de su comienzo, el Gobierno imperial diseñó un programa de festividades cívicas. Como parte de las solemnidades, Maximiliano daría un discurso en la noche del 15 de septiembre de 1864 en el pueblo de Dolores, específicamente en la casa del cura Miguel Hidalgo y Costilla; Carlota también celebraría esta fiesta nacional en la ciudad de México, poniendo la primera piedra del monumento que se erigiría en el zócalo. La grandiosa ceremonia se efectuó en la plaza de Armas con asistencia de los habitantes; en el acto la emperatriz dijo este breve discurso: “Me es grato en este día, que recuerda los acontecimientos más gloriosos de nuestra historia, ser llamada por el Emperador, á colocar la primera piedra del monumento (de la Independencia . 17 de septiembre de 1864) levantado por el reconocimiento nacional a los héroes de nuestra Independencia. Sintiendo el Emperador no poder él mismo cumplir con este acto solemne, me encarga deciros que con la mente y el corazón está en medio de vosotros”. Asimismo, de acuerdo con el programa, en las capitales de los Departamentos del Imperio las autoridades civiles se encargarían de la organización de las festividades; los periódicos (como La Sociedad y El Periódico Oficial del Imperio Mexicano) fueron el medio para informar a la población como se llevaron a cabo las solemnidades en la capital del imperio.
A las diez y media de la noche las autoridades locales fueron al alojamiento del emperador con lirios y música, acompañándolo hasta la casa que había pertenecido al cura Hidalgo; después de haber visto detenidamente esta histórica vivienda, el monarca pasó a una pieza que había servido de gabinete al héroe y donde se conservaban algunos muebles que había utilizado. En punto de las once, se colocó Maximiliano en la ventana de esta pieza, afuera se encontraba una multitud compuesta por autoridades civiles, tropas mexicanas y francesas y numerosas personas del pueblo, quienes llenaron la calle; en ese momento, el emperador, con un semblante que reflejaba tanto una gran firmeza como una desmedida seguridad, salió al balcón y leyó con una voz conmovida, fuerte y majestuosa, el siguiente discurso:
Mexicanos. Más de medio siglo tempestuoso ha transcurrido desde que en esta humilde casa, del pecho de un humilde hombre anciano, resonó la gran palabra de independencia, que retumbó como un trueno del uno al otro océano por toda la extensión del Anáhuac, y ante la cual quedaron aniquilados la esclavitud y el despotismo de centenares de años. Esta palabra, que brilló en medio de la noche como un relámpago, despertó á toda una nación de un sueño ilimitado á la libertad y á la emancipación; pero todo lo grande y todo lo que está destinado å ser duradero, se hace con dificultad á costa de tiempo. Años y años de pasiones, combates y luchas se sucedían: la idea de Independencia había nacido ya, pero desgraciadamente aun no la de la unión. Peleaban hermanos contra hermanos; los odios de partido amenazaban minar lo que los héroes de nuestra hermosa patria habían creado.”
Maximiliano encontró con una habilidad Ingeniosa y poética la forma de enaltecer al cura Miguel Hidalgo y, a la vez, reprobar los centenares de años en que México estuvo sujeto al dominio español, tratando de borrar los odios entre los partidos. Con una visión política, el soberano continuó exclamando:
“La bandera tricolor, ese magnifico símbolo de nuestras victorias, se había dejado invadir por un solo color, el de la sangre. Entonces llegó al país, del apartado Oriente, y también bajo el símbolo de una gloriosa bandera tricolor, el magnánimo auxilio: una águila mostró a la otra el camino de la moderación y de la ley. El germen que Hidalgo sembró en este lugar, debe ahora desarrollarse victoriosamente, y asociando la independencia con la unión, el porvenir es nuestro.
Un pueblo que bajo la protección y con la bendición de Dios, funda su independencia sobre la libertad y la ley, tiene una sola voluntad, es invencible y puede elevar su frente con orgullo. Nuestra águila, al desplegar sus alas, erró vacilante; pero ahora que ha tomado el buen camino y salvado el abismo, se lanza atrevidamente y ahoga entre sus garras de fierro la serpiente de la discordia; mas al levantarse nuestra patria de entre los escombros, poderosa y fuerte, y cuando ocupe en el mundo el lugar que le corresponde, no debemos olvidar los días de nuestra independencia ni los hombres que nos la conquistaron. ¡Mexicanos, que viva la Independencia y la memoria de sus héroes!”
En esta alocución, que podemos considerar como emotiva, el emperador patriótica y seductoramente recurrió a los símbolos como la bandera y el águila, omitiendo referencia alguna del consumador de la independencia y representante del partido conservador don Agustín de Iturbide. Demostrando una simpatía por el partido liberal, pretendió construir su autoridad y legitimar su régimen apelando a la bendición de Dios, a la libertad y a la ley, avizorando el levantamiento de la patria entre los escombros. Este discurso fue dado a conocer a través de la prensa, de manera que podemos encontrarlo en los periódicos e historiografía decimonónica.
Todo salió bien -aseguró Maximiliano a Carlota- el entusiasmo fue indescriptible, todos vociferaban, las tropas, el pueblo, los señores de la comitiva. Después del gran grito de ¡Viva la Independencia! Efusivamente siguieron otros dirigidos a la pareja imperial, así como a Napoleón III, a la emperatriz Eugenia y al rey de los belgas. En seguida, la concurrencia entusiastamente con música y antorchas en las manos acompañó a Maximiliano al paseo que dio alrededor de la casa del cura Hidalgo, conduciéndolo posteriormente hasta la habitación donde se alojaba; en el transcurso no dejaban de escucharse las aclamaciones.
Al día siguiente, poco antes de las nueve de la mañana, fueron tanto las autoridades como algunos vecinos del lugar a la casa donde se alojaba el emperador y lo acompañaron a la iglesia parroquial, donde se realizó una misa y se cantó un Te Deum. Concluido este acto religioso, Maximiliano, quien vestía para la ocasión el traje de general mexicano con las insignias de la Orden de Guadalupe, en compañía de su comitiva nuevamente asistió a la casa que había pertenecido al cura Hidalgo y se preparó para su partida.
A las seis de la mañana del día sábado 17 de septiembre de 1864, salió de Dolores Hidalgo la comitiva imperial, la cual iba a caballo en dirección a Guanajuato, tomaron el camino más corto, que en aquel entonces era el de la sierra. Al día siguiente, el emperador arribó a esta ciudad. En ese día nublado la capital del Departamento estaba magníficamente arreglada, coronas de flores adornaban las casas, algunas de estas tenían lemas y poemas alusivos a la llegada del emperador, así como retratos de la pareja Imperial. Gente de todas las clases llenaron las calles y plazas de la ciudad; fue un verdadero espectáculo que, claramente, había sido organizado no sólo por algunos vecinos, quienes a través de la prensa invitaron al resto de la población a realizar diversas acciones y a tomar ciertas medidas, de acuerdo con un programa que se había trazado previamente. La casa del Sr. Marcelino Rocha (donde ahora está situado el Museo Iconográfico del Quijote) fue el lugar destinado para alojar al monarca; ahí lo esperaban para felicitarlo las autoridades civiles y eclesiásticas así como el Ayuntamiento, después de hacerlo le entregaron las llaves de la ciudad, que eran de plata y estaban unidas por un lazo de oro. En el mismo inmueble se realizó el almuerzo; una vez que concluyó, Maximiliano, sólo con su secretario, fue a visitar la cárcel que estaba “situada en la parte baja del edificio conocido con el nombre de palacio de gobierno” la cual observó con detalle, mientras escuchaba las quejas de varios presos y sus peticiones; habiendo notado el deplorable estado en que se encontraba, se conmovió su paternal corazón e inmediatamente dio órdenes para que las tropas francesas desalojaran la Alhóndiga de Granaditas a fin de que los presos fueran trasladados a ese lugar, orden que debería cumplirse antes de su partida de esta capital.
De la prisión, Maximiliano pasó a un edificio que, en ese entonces, albergaba al hospital de Belén, al hospicio, al orfanatorio y la casa de asilo, institución que era dirigida por la Junta de Caridad y las Hijas de San Vicente de Paul. Durante su estadía en Guanajuato, Maximiliano recibió grandes muestras de afecto y tuvo la oportunidad de emprender varias actividades, por ejemplo: el martes 20 se ocupó de arreglar algunos ramos de la ciudad, así como en atender el despacho de la correspondencia de Europa; en la tarde asistió a la comida oficial, a la que acudieron algunos notables vecinos de la localidad. Ya por la noche, antes de cenar con algunas damas importantes, le escribió a su ángel amado, expresándole las primeras y positivas impresiones que le habían causado no sólo la ciudad sino también la población y sus instituciones. En esta epístola, con las siguientes palabras, el monarca le manifestó a su cónyuge sus expectativas en torno a la administración, anticipándole que sustituiría algunos funcionarios como lo hizo días más tarde:
“La ciudad es muy bella y característica, con hermosos palacios e iglesias, la población limpia, fresca y libre, entregada por completo al progreso y al trabajo. Las Instituciones públicas aquí son extraordinarias, como en Italia. Vivo en un palacio magnifico con todo lujo y confort europeos con la amable y liberal familia Rocha. Deberé permanecer aquí un tiempo bastante largo, pues hay mucho que hacer y cambiar muchas cosas en la administración; lo más probable es que tenga que sustituir a todos los funcionarios. Tengo mucha curiosidad por tus descripciones del 16 de este mes en México. Ahora debo retirarme a toda prisa a fin de vestirme para una gran cena, con damas invitadas. Abrazándote con profundo amor, quedo tu siempre fiel Max”.
El jueves 22 de septiembre de 1864, el monarca fue a visitar la Escuela de Minas de la ciudad y al día siguiente asistió a las minas de Rayas, Mellado, Cata y la Valenciana. A las siete de la mañana del lunes 26, la comitiva imperial salió de Guanajuato acompañada de un reducido número de vecinos de la ciudad, debido a que no fue anunciada ampliamente su partida, excepto por las campanas que se tocaron en todas las iglesias de la ciudad en ese momento; a poca distancia de ella, Maximiliano montó a caballo a fin de disfrutar de la belleza y la hermosa vista de aquel pintoresco paisaje y continuó así hasta Silao, a donde llegaron a las once de la mañana. El día 28 de septiembre, Maximiliano llegó a León, donde permaneció hasta el sábado 1 de octubre y continuó su recorrido, enfrentando varios obstáculos, principalmente la temporada de lluvias, que hizo más difícil el tránsito de los caminos. El día 3 del mismo mes, la comitiva imperial arribó a La Piedad y, días después, exactamente el martes 11, el emperador y sus acompañantes arribaron a Morelia; la casa del señor don José Manuel Malo (donde actualmente se encuentra ubicado el Museo Regional Michoacano) fue el lugar destinado para dar alojamiento al monarca. En esta ciudad permaneció una semana, pues el martes 18 partió de ella con dirección a Toluca. Finalmente, el domingo 30 de octubre el soberano entró de manera triunfal a la Ciudad de México, concluyendo de esta forma su exploración.
Consecuencias jurídico-sociales del viaje
Tras el regreso del emperador a la Ciudad de México, la prensa capitalina partidaria del imperio elogió y calificó de manera positiva el viaje emprendido por el soberano y contribuyó a propagar la idea de que éste había sido más que fructífero. Tras su retorno, Maximiliano emitió un decreto relativo a la conformación de una estadística del imperio y envío dos cartas trascendentales, una de ellas dirigida a su ministro de Estado y otra a los prefectos políticos; estos documentos reflejan las principales necesidades que él observó durante su periplo y muestran la orientación de su política; por la relevancia que tienen estos textos, a continuación trataremos brevemente el contenido de ellos.
El 3 de noviembre de 1864, Maximiliano emitió un decreto que estipulaba que las autoridades eclesiásticas estaban obligadas a presentar a las autoridades civiles un informe sobre el número de nacimientos, matrimonios y defunciones que se celebraban en sus iglesias; esto con el objetivo de ir formando la estadística del imperio. Cabe señalar que esta medida es considerada una de las más relevantes decisiones tomadas por el emperador al regreso de su viaje.
En la carta dirigida Velázquez de León, ministro de Estado, el soberano manifestó haber deducido de sus impresiones dos grandes verdades durante su viaje, las cuales le llevaron a afirmar que:
De vuelta de mi penoso viaje a los Departamentos del interior durante el cual he recibido en cada ciudad, pueblo, y aldea, las más sinceras pruebas de simpatía y del más cordial entusiasmo, he podido deducir dos grandes verdades irrefragables. La primera: que el Imperio es un hecho firmemente basado sobre la libre voluntad de la inmensa mayoría de la nación, y que en él se cifra la forma de un gobierno de verdadero progreso, y es el que mejor corresponde a las necesidades de los pueblos. La segunda es, que esta misma inmensa mayoría está deseosa de paz, tranquilidad y de justicia; bienes que espera y que pide con ansia a mi gobierno, y que yo, teniendo presentes mis sagrados deberes ante Dios y el pueblo que me ha elegido, estoy resuelto a darle.
Una de las preocupaciones del emperador fue indudablemente el asunto de la pacificación del territorio imperial, como lo refleja esta esquela en la que el soberano aseguró asumir la responsabilidad de brindar a sus subditos paz y justicia, por lo que afirmó combatir a las gavillas, las cuales serían consideradas, de ahí en adelante, como cuadrillas de bandidos, slendo en lo sucesivo perseguidas y castigadas con la severidad de la ley.
En la carta dirigida a los prefectos, Maximiliano manifestó estar convencido de que las prefecturas del imperio se gobernaban de distinta manera, pues se obraba con distintos principios y con arbitrariedad, el origen esta situación, según expresó el emperador, era, la mayoría de las veces, el espíritu de partido. Para cambiar la realidad que encontró, Maximiliano expresó una serie de aclaraciones, recomendaciones e instrucciones en primer lugar, señaló que su Gobierno, sin distinción alguna, abrazaba a todos los partidos y que la ley constituiría la base del imperio, por lo cual debería de ser religiosamente respetada. De igual manera, estableció una serie de actividades que deberían desarrollar todos los prefectos: mandar cada dos meses un informe, redactado con franqueza, del estado y giro de los negocios judiciales de sus respectivos Departamentos; poner particular atención en la seguridad, la prensa, la instrucción pública y cuidar la salubridad; vigilar y visitar con frecuencia los hospitales; procurar el buen estado de las vías de comunicación; fomentar y proteger la agricultura; mandar un informe concienzudo y detallado de los terrenos baldíos; mandar anualmente una lista exacta de los pensionistas, adjuntar al estado de ingresos un presupuesto de gastos y construcciones más urgentes.”
Consideraciones finales
La Intervención Francesa y el Segundo Imperio constituye un periodo corto pero decisivo de la historia nacional, en el que la prensa ocupó un lugar fundamental para ambos regímenes, debido a que al través de las publicaciones periódicas tanto el emperador Maximiliano como el presidente Benito Juárez trataron de legitimar cada uno su política gubernamental.
Tras la llegada de Maximiliano a México, el soberano decidió emprender una excursión de exploración por el centro del país, por lo que recorrió los actuales estados de: Querétaro, Guanajuato, Michoacán ý Estado de México, en un periodo de ochenta días aproximadamente, de agosto a octubre de 1864. En la capital de algunos de los entonces Departamentos, Maximiliano hizo modificaciones en los cargos públicos sustituyendo en varios casos a los prefectos políticos y a otras autoridades. Condecorar a los habitantes fue un mecanismo que utilizó el soberano a lo largo de su viaje para ganar adeptos y en determinados casos premiarlos; asimismo, las empleó como una estrategia política, pues a través de éstas pretendió impulsar una red de alianzas y lealtades entre el imperio y la élite provinciana y, a la vez, establecer lazos directos entre él y sus súbditos e incluso afianzarlos.
El soberano concedió a lo largo de su excursión aproximadamente 20 medallas, 16 al mérito civil y 4 al mérito militar, y 31 cruces de la Imperial Orden de Guadalupe: 21 de caballero, 5 de oficial, 4 de comendador y 1 gran cruz. Durante su viaje el emperador desarrolló un lazo político con algunos de sus anfitriones pues en Querétaro, por sus atenciones, le concedió a don Cayetano Rubio hijo la cruz de caballero de la Orden de Guadalupe, en Irapuato, a don Vicente Vargas, por su afectuosa y cordial acogida, lo condecoró con la medalla al mérito civil, y no sólo eso, sino que también el 17 enero de 1865, Almonte, a nombre del emperador, le envió una carta, acompañada de un retrato de la pareja imperial, como una pequeña prueba de afecto. Asimismo, debido a su hospitalidad en Guanajuato, al señor Marcelino Rocha le otorgó la cruz de comendador de la Orden de Guadalupe y a la señora Doña Francisca Román de Malo, su anfitriona en Morelia, la nombró dama de Palacio. Los reconocimientos otorgados por el emperador a algunos de sus anfitriones resultan un claro indicador de los lazos directos que el soberano, como parte de su política, entabló con algunos de sus súbditos y miembros de la élite provinciana.
El monarca emprendió este viaje no sólo a fin de promover su imagen, sino también para conocer la situación de una parte del imperio.
Asistir a instituciones públicas como escuelas, hospitales y cárceles con el fin de corregir sus males fue una de sus políticas. El hecho de que se trasladara al pueblo de Dolores para conmemorar el inicio de la lucha por la independencia de México se debe considerar como un acto simbólico, mediante el cual, reconocía un hecho histórico y tomaba una posición política de corte liberal. La relevancia de esta gira que emprendió el Habsburgo se fundamentó, por un lado, en el implemento de un programa político-económico que llevó a cabo el soberano, así como en la serie de decretos que emitió al término de este periplo. El viaje tuvo una repercusión trascendental en cuestiones políticas, los diversos decretos que dictó el monarca a su regreso son una muestra concreta de ello. Dicho conjunto de disposiciones constituyeron un esfuerzo enérgico cuya finalidad fue afianzar en sus inicios al régimen imperial.
Finalmente, si bien es verdad que su efímero gobierno no duró más de tres años, se deben reconocer los aportes tanto en materia legislativa como educativa hechos por Fernando Maximiliano, los cuales gozaron de una amplia continuidad, aun después de la caída de su régimen. Ciertamente, muchos de los proyectos que el monarca impulso no pudieron consolidarse. Asimismo, la mayoría de las disposiciones minuciosas que dictó por lo general no se llevaron a la práctica durante su fugaz periodo de gobierno; sin embargo, estos esfuerzos pueden considerarse como un legado del Habsburgo cuyo lema fue: “igualdad ante la ley. El 19 de junio de 1867, el emperador y dos de sus más leales generales murieron fusilados en el Cerro de las Campanas, Querétaro; este acto no solo significó la caída de un proyecto de Estado-Nación, sino que el triunfo juarista trajo consigo la consolidación del Estado mexicano y con ella continuidades y rupturas que son visibles en la actualidad.


