De acuerdo al libro: Biografías de los Héroes y Caudillos de la Independencia. Tomo I. de Alejandro Villaseñor y Villaseñor:
Ni el nombre de oscuro barretero que realizó la heroica hazaña de Granaditas es conocido. Bustamante que es el primero que menciona este episodio, no se cuidó de averiguar, o no pudo conseguirlo, el nombre del humilde desconocido que se lanzó a prender fuego a la puerta de la Alhóndiga, y lo llama con el sobrenombre de “Pípila”, con el que ha pasado a la historia; Liceaga lo llama Mariano, agregando que era operario de Mellado; y Alamán niega el episodio diciendo que fueron varis los que protegidos por lozas o lajas, prendieron fuego a las puertas del edificio, afirmación que no está en desacuerdo del todo con lo que más adelante dice el mismo Bustamante. Sea como fuere, el hecho parece indudable y si después varios siguieron el ejemplo, fue “Pípila” el de la idea y el que cuando todo el ejército independiente se hallaba detenido por el obstáculo que les oponía la puerta de la alhóndiga de Granaditas, se atrevió a desafiar el fuego de los sitiados y acercarse a ese lugar llevando aceite y brea para untarlos en las maderas y una raja de ocote con la que prendió fuego; operación larga y de riesgo por el peligro inminente en que se puso el que la hizo y que atrajo por algunos minutos la atención de todos y los proyectiles de los sitiados. Que no consiguiera todo el resultado que se proponía y que en pos de él fuesen otros y consiguiesen hacer arder la madera y franquear la puerta, ningún mérito quita a ese “Pípila” o Marino, que acreditó, sin fanfarronería y con ese estoicismo peculiar de nuestro pueblo el poco aprecio en que tenía su vida y su disposición para exponerla por una causa que juzgaba digna de que se hiciese ese sacrificio.
¿Qué fue de El Pípila?
“Pípila” no vuelve a parecer en ningún otro episodio de la guerra de Independencia y acaso ni siguió las banderas de la insurrección, aunque, por otra parte, parece difícil que pudiera seguir viviendo en Guanajuato, sobre todo desde que el general Calleja recuperó la ciudad y castigó de una manera tan severa a todos los que de un modo más o menos directo favorecieron a los insurgentes; era demasiado señalada la hazaña de “Pípila” para que se hubiera olvidado de él aquel jefe. La tradición, que no está comprobada, dice que el barretero. La tradición, que no está comprobada, dice que el barretero de Mellado siguió al ejército de Hidalgo, con el que entró en Valladolid, y se batió heroicamente en la batalla del Monte de Cruces, agregando que en esa acción encontró la muerte. Ya hace años, habíamos leído esa versión, que vemos reproducida en una pequeña obrita publicada en este año el Centenario por el Sr. D. Fulgencio Vargas, radicado en siquiera para saber el verdadero nombre y apellido de “Pípila”, no obstante que en esa tradición se le da el de Martínez.
Su nombre quedará ignorado para la historia, como el de tantos otros, debido a la humildad del que llevó a cabo el hecho, y al poco cuidado de sus contemporáneos de conservarlo para las generaciones futuras.
Acerca de este personaje de nuestra historia, del que ya nos hemos ocupado, tenemos que hacer algunas adiciones, no tanto porque juzguemos inexactos los datos allí consignados, sino para satisfacer a algunos de nuestros lectores que pudieran abrigar sus dudas si Pípila está ya completamente identificado ante la historia.
En “La Opinión Libre”, periódico que se publicaba en Guanajuato en el mes de octubre de 1901, se encuentra una carta firmada por el señor F. de P. Stephenson, en la que trata de probar que el famoso Pípila se llamaba José María Barajas, y que fue vecino de Dolores, donde ingresó a la revolución desde los comienzos de ella. Para ello aduce el testimonio de las ancianas hijas de Barajas y de varias otras personas que vivían entonces y que conocieron y trataron a aquel; agrega el remitente que tanto el Presidente Juárez como el Emperador Maximiliano por creerlo unos de los más distinguidos supervivientes de la lucha de Independencia; el primero, en 1863, le ofreció el empleo de conserje de la casa de Hidalgo, que no quiso aceptar, y el segundo, en 1865, lo invitó a su mesa, y como no concurriese, hizo que fuese por el ayudante y le señaló una pensión de cincuenta pesos mensuales, que no llegó a cobrar, por las vicisitudes del Imperio.
Juárez en 1867 lo invitó para que lo viera en México, y aunque Barajas emprendió el camino, tuvo que regresar, por haber enfermado gravemente en San Miguel; a poco quedó ciego, y al fin murió. El señor Stephenson sostuvo una discusión con el señor Braulio Acosta, que negaba que Barajas hubiera sido el verdadero “Pípila”, discusión de la que se hicieron eco varios periódicos, entre ellos la “Gaceta del Gobierno”, de Toluca; por último, dicho Stephenson consiguió que el actual presidente de la República enviase algunos auxilios a las ancianas hijas de Barajas.
¿Quién fue el verdadero Pípila?
El señor Acosta, que por cierto demostró entre otras cosas, que ni él ni su contrincante habían leído la historia de Alamán, en la que se fundaban para disputar, se fundaba para emitir su opinión en la tradición, más constante que da a “Pípila” el nombre de Juan José Martínez Acerca de este que hay información que publica el señor Negrete en su obra “México en el siglo XIX”, tomo 3º., pág. 378, y de la que aparece que María y Victoriana Bretadillo, vecina de Guanajuato, para probar que era la viuda de Martínez, el verdadero “Pípila”, pidió al Párroco su partida de matrimonio, lo que no se pudo encontrar, por faltar varias fojas al libro parroquial respectivo; en embargo, con testigos idóneos probó que tal matrimonio se había verificado.
Además, con testigos probó que su referido marido, Juan José Martínez, había sido el autor de la hazaña de Granaditas; estos testigos lo fueron Don Victoriano Fonseca, que dijo: que conoció a Martínez, el que, según voz y fama, prendió fuego a la puerta de Granaditas; el General de División Don Juan Pablo Anaya, compañero de Hidalgo, al cual el testigo oyó decir que un tal Martínez, alias el “Pípila”, había puesto fuego a esa puerta. Don Onofre Antonio Molina, teniente coronel retirado, que mandaba la escolta de Hidalgo, el cual tuvo sus órdenes a Martínez cuando el ejército salió de Guanajuato; aseguró ese señor que ese Martínez realizó la hazaña, por la que Hidalgo, a presencia de las demás Generales, le extendió despacho de Capitán, y agregó que “Pípila” siguió al ejército de las Cruces, Cuautla, Calderón y Coahuila, y que murió en la acción del Maguey, (mayo de 1811), en la que quedó derrotado Rayón. Por último, el teniente coronel Albino Ortiz, dijo que militó a las órdenes de vario insurgentes, como Rosales, y que por esta razón supo que el soldado de la cuarta Compañía del Batallón de Hidalgo, Juan José Martínez, conocido por “La Pípila”, había sido el que prendido fuego a la alhóndiga, y que después había muerto en la acción del Maguey.
¿Qué pasó con los descendientes de El Pípila?
Es curioso hacer observar que, aparte de ligeras inexactitudes, como la de haber sido ya soldado “Pípila”, sólo dos testigos, Fonseca y Del Toro, aseguran haber conocido a Martínez, y que ninguno de ellos presenció la hazaña. Esta información fue rendida el año de 1834, y con ella la Bretadillo se proponía obtener una pensión del Gobierno de Guanajuato, para disfrutarla ella y dos de sus hijas, una de las cuales era doncella, que le quedaban se du matrimonio, y que a la sazón residían en San Miguel de Allende. Ignoramos si conseguiría su objeto, pues la información termina con la solicitud, y lo único que sabemos, es que en 1882 se presentó ante la Cámara de Diputados Doña Francisca Martínez, hija de Don Juan José Martínez, (a) “Pípila”, solicitando una pensión; por decreto de 29 de Noviembre de ese mismo año, la Cámara concedió la pensión de ochocientos pesos anuales que debían de pagarse íntegros, y en el dictamen de la Comisión, porque es notorio que los servicios de que se trata en el ocurso citado, son de los que merecen el nombre de eminentes, y son también, por consecuencia, de los que habla la Constitución, facultando al Congreso para premiarlos; pero faltaban en el expediente referido al Congreso para premiarlos; pero faltaban en el expediente referido dos constancias esenciales para la resolución del asunto, y eran: primera, la prueba de que la peticionaria es realmente hija del pervivencia, indispensable tratándose de una persona que reside a la larga distancia de la capital, y que era ya de muy avanzada edad a la fecha de su primer ocurso.
Con la publicación de estos documentos parece indudable que el único y verdadero autor de la hazaña de Granaditas, o más bien dicho, el verdadero individuo que tenía el alias de “Pípila”, fue el capitán don Juan José Martínez. Sin embargo, será muy difícil que esto llegue a penetrar en la masa del público, que seguirá designando con ese mote y teniendo por autor de la hazaña a diversos individuos, pues como dice el señor Stephenson, “ha habido varios ejemplares del célebre “Pípila”, y en Dolores Hidalgo se ha llegado a decir que aquel héroe fue un indio desconocido de Joconoxtle”. Tal vez contribuya a esta insistencia del sentir popular, la circunstancia apuntada por Bustamante y relatada por Alamán, de que fueron varios los indios que, protegidos por una loza, se acercaron a prender fuego a la puerta de la alhóndiga; aun a pesar de esto, el mérito de “Pípila” no queda relajado en lo más mínimo, pues como decimos anteriormente, “fue él el de la idea y el que cuando todo el ejército independiente se hallaba detenido por el obstáculo que les oponía la puerta, se atrevió a desafiar el fuego de los sitiados y acercarse a ese lugar llevando aceite y brea para untarlos en las maderas, y una raja de ocote, con la que prendió fuego; operación larga y de riesgo, por el peligro inminente en que se puso el que la hizo, y que atrajo por algunos minutos la atención de todos y los proyectiles de los sitiados.
Fuente: Biografías de los Héroes y Caudillos de la Independencia. Tomo I. de Alejandro Villaseñor y Villaseñor:


