El Pípila. Héroe popular de la insurgencia

De acuerdo al Maestro Isauro Rionda Arreguín, en su libro “El Pípila. Héroe popular de la insurgencia”, esta es la historia sobre El Pípila:

Surge la figura de El Pípila

El 28 de septiembre de 1810 después del envió de parlamentarios insurgentes y el intercambio de escritos de guerra y cartas altamente caballerescas por ambas partes, que fueron Hidalgo y Riaño, entraron los insurgentes a la ciudad, donde se les unieron fundamentalmente los mineros y demás pueblo guanajuateño; lo que fue muy útil, pues conocían la ciudad en sus vericuetos y sabían lo que había en la Alhóndiga, lo que era ignorado por los insurgentes que arribaban de fuera.

Se inició el combate en las trincheras cercanas a los edificios fortificados, las que pronto fueron tomadas por los atacantes, por lo que los defensores de la Alhóndiga se replegaron y metieron a ésta. Murió Riaño, con lo que cundió un pánico tal que ocasionó un desorden total entre defensores. Los realistas se vieron obligados a abandonar la azotea y patio de la Alhóndiga, pues caían sobre ellos tupida lluvia de piedras lanzadas con hondas desde los cerros que franqueaban el edificio. Con todo lo anterior, los insurgentes pudieron aproximarse, cercando el castillo y tratando de entrar a él, pero se toparon con las puertas muy bien cerradas.

La puerta secundaria de la bajada de Mendizábal estaba tapiada con una barda de adobe y solo la puerta principal de la cuesta del rio de la Cata estaba en servicio, pero como ya se decía, permanecía cerrada. Un minero de Guanajuato, que desde tiempo atrás servía a los conjurados de correo, al cual apodaban Pípila, fue destinado a quemar la puerta de la Alhóndiga; se le dotó de lo necesario, como brea, aceite, ocote, lena, lumbre, reata y desprendiendo una losa de la banqueta de la tienda llamada «La Galarza», haciendo mecapal con los mecates, monté el Pípila la losa sobre sus espaldas, sujetándola a la altura de la testa, de tal manera que le cubría la cabeza y tronco, y empezó a bajar con dirección a la puerta.

Para protegerlo los insurgentes dirigieron sus proyectiles con dirección a donde había enemigos apostados, que podían impedir su llegada.

Así bajó con paso firme, losa y mecha encendida. Los encerrados en el castillo de Granaditas, notando tal maniobra, sospecharon lo que intentaban y a pesar del enjambre de piedras y balas que caían en la azotea, subieron a ella y dispararon balas y arrojaron multitud de granadas, hechas con los frascos metálicos donde últimamente se transportaba el azogue. El destinado seguía bajando, y aunque algunos de estos frascos, hechos bombas, le cayeron sobre la losa que iba inclinada, rodaron y estallaron lejos de su cuerpo, no haciéndole ningún daño. Llegó a la puerta, la untó de aceite y brea, le arrimó leña y le pegó fuego. Ardió y pronto se consumió, lo que permitió entrar a los insurgentes a la fortaleza y realizar terrible y despiadada matanza de culpables e inocentes, de malos y buenos, de injustos y justos, apoderándose de los muchos valores que había en sus trojes.

De la Alhóndiga cundieron los sacrificados y despojos por toda la ciudad y pueblos mineros cercanos. Los más beneficiados con estos hurtos, fueron los componentes de la plebe, como se le decía, minera de Guanajuato, pues ellos sabían dónde estaban y las cuantías de los tesoros.

Testimonios y relatos sobre la hazana de El Pípila

Don José María de Liceaga, testigo presencial de estos hechos, varios años después de esta heroica toma de Guanajuato, investigó entre los vecinos de la Alhóndiga, barrio del Terremoto y subida de los Mandamientos, sobre el Pípila, y llegó a saber y nos dejó escrito, que como a las cinco de la tarde del famoso día 28 de septiembre de 1810, pasó por esos lugares el Pípila en dirección a Mellado, donde vivía; yendo acompañado de otros, que llevaban cinco o seis talegas y el Pípila cargaba una bolsita en la mano, que probablemente contendría oro; siendo custodiado el grupo por gente armada insurgente, lo que hizo creer a los vecinos de los citados sitios, que aquel dinero se le había dado al Pípila en pago a su invaluable servicio que acababa de prestar a la causa.

El conocimiento de la hazana del Pípila cundió rápidamente entre el pueblo y queriendo nuestro personaje reunirse al ejército libertador, posiblemente para proteger a su familia de represalias de los españoles, determinó pasarla a la villa de San Miguel el Grande, donde compró una casita y probablemente alguna tierra.

Algunos días después, quizá en el patio del cuartel de San Pedro, que de momento les servía al cura, generales y parte de la tropa, como morada, el Excelentísimo señor don Miguel Hidalgo y Costilla, en presencia de su oficialidad le extendió al Pípila un nombramiento de capitán, en consideración al honroso servicio prestado por éste a la causa; ya que sin su arrojo de aventurarse a quemar la puerta de la Alhóndiga, no se hubiera tomado tan rápido esta fortaleza.

También, como distinción especial, nuestro Pípila quedó encuadrado como infante dentro de la cuarta compañía del batallón escolta personal del Cura Hidalgo.

¿Murió en las Cruces?

El siguiente 10 de octubre salió de Guanajuato el ínclito Hidalgo y su ejército, llevando entre su tropa al ya reconocido Pípila; pasando por Irapuato, Salamanca, Valle de Santiago, Jaral, Yuriria, Maravatío, Salvatierra, Acámbaro, Zinapécuaro, para llegar a Valladolid el 17 del mismo mes: ciudad que los recibió, por lo menos el pueblo, con los brazos abiertos. De la señorial Valladolid partió la insurgencia con rumbo a la ciudad de México, llegando a seis leguas de ésta, al Monte de las Cruces, donde se enfrentaron el 30 de octubre, con los realistas al mando del brigadier Torcuato Trujillo. Vencieron los insurgentes, pero en dicha batalla, según nos dice el escritor español, nacionalizado mexicano, Enrique de Olivarría y Ferrari en su novela «La derrota de las Cruces», el Pípila sin «separarse ni un solo momento de Allende y acometiendo con él todas las acciones en que mayores eran los riesgos y peligro de perecer, había recibido una herida mortal…». De la cual expiró.

No conocemos la fuente en la cual el señor Olivarría se fincó para aseverar tal hecho en tal lugar, pero en cambio, como adelante veremos, sabemos que siguió el Pípila con Hidalgo y sus contingentes.

De las Cruces volvieron los insurgentes con rumbo a Querétaro y en el camino se encontraron con el enemigo, comandado por Félix María Calleja del Rey, trabando combate en Aculco, resultando derrotado el ejército de los libertadores.

Se quedó con Rayón

Hidalgo pasando por Celaya continuó hacia Valladolid y el Pípila lo fue siguiendo. De Valladolid continuaron los insurgentes a Guadalajara, siendo derrotados nuevamente en el puente de Calderón. Sucedido tal desastre, Hidalgo continuó para Aguascalientes y luego a Zacatecas y Saltillo. En este último lugar, quedó don Ignacio López Rayón nombrado jefe de la revolución, mientras los principales cabecillas seguían hacia el norte con rumbo a los Estados Unidos a adquirir elementos de guerra.

Dentro del contingente que le quedó a Rayón venia nuestro Pípila. Rayón volvió a Zacatecas, tuvo algunos triunfos y continuó con rumbo a Michoacán, pero en el rancho del Maguey del municipio de Jesús María, cercano a Aguascalientes, el 3 de mayo de 1811, fue alcanzado y derrotado por el realista Amparan, donde perdió la vida el Pípila.

Sin embargo, tal parecería que no hubo tal muerte, pues todavía en el año de 1926 existía en la oficina del registro civil de la ciudad de San Miguel de Allende, en el libro número tres, a foja 274 vuelta, el acta número 622 que rezaba:

“Martínez Juan José. En la ciudad de Allende el domingo veintiséis de julio de mil ochocientos sesenta y tres, ante mí el juez del Estado Civil… presente Miguel Martínez… dijo que ayer falleció de un dolor cólico Juan José Martínez de ochenta y un anos hijo legítimo de Pedro Martínez y de María Rufina Amaro difuntos, que el finado fue el que incendió la puerta del castillo de Granaditas de Guanajuato en el año de la Independencia de mil ochocientos diez a quien le decían «El Pípila»…

Pero como veremos, tal parece que esta persona no fue más que un homónimo del Pípila, quien, quizá, como sostiene el maestro Topete del Valle, valiéndose de la igualdad del nombre, lo suplantó, haciéndose pasar por el héroe.

Versión de Don Carlos María de Bustamante

El primer historiador que nos narra la proeza del Pípila fue don Carlos María de Bustamante, escribiendo al respecto:

“El General Hidalgo convencido de la necesidad de penetrar en lo interior de Granaditas, nada omitía para conseguirlo. Rodeado de un torbellino de plebe, dirigió la voz a un hombre que la regenteaba y le dijo…

 

“Pípila…

La Patria necesita de tu valor…

¿Te atreverás a prender fuego a la puerta de la Alhóndiga?… “

 

La empresa era arriesgada, pues era necesario poner el cuerpo en descubierto a una lluvia de balas; Pípila, este lépero… sin titubear dijo que sí. Tomó al intento una losa ancha de cuartón de las muchas que hay en Guanajuato; púsosela sobre su cabeza afianzándola con la mano izquierda para que le cubriese el cuerpo; tomó con la derecha un ocote encendido, y casi a gatas marchó hacia la puerta de la Alhóndiga, burlándose de las balas enemigas …”

Don Pablo de Mendibil, seguidor total de Bustamante, en su obra “Resumen Histórico de la Revolución de los Estados Unidos Mejicanos”, al respecto lo copia sin quitarle ni ponerle nada.

El discutido Lorenzo de Zavala no menciona en sus obras históricas el hecho del Pípila.

El chamacuerense doctor José María Luis Mora, dice que Hidalgo previno que incendiasen a toda costa la puerta del fuerte, pero no cita el personaje apodado Pípila.

 

Lucas Alamán

Testigo presencial de la gesta que nos ocupa, fue don Lucas Alamán, el que textualmente escribió:

 “Había una tienda en la esquina que forman la calle de los Positos y la Subida de los Mandamientos, en la que se vendían rajas de ocote, de que se proveían los que subían de noche a las minas para alumbrarse en el camino. Rompió las puertas la muchedumbre y cargando con todo aquel combustible, lo arrimaron a la puerta de la Alhóndiga prendiéndole fuego, mientras otros, prácticos en los trabajos subterráneos, acercándose a la espalda del edificio cubiertos con cuartones de losas, … empezaron a practicar barrenos para socavar aquél por los cimientos”.

Y en nota de pie de página, declara que la existencia del Pípila es un infundio de don Carlos María de Bustamante, pues Hidalgo, dice, durante toda la batalla había permanecido en el cuartel del regimiento del Príncipe, al otro extremo de la ciudad, por lo que por ningún motivo dio la orden al Pípila de quemar la puerta de la Alhóndiga, y que además el nombre de Pípila era enteramente desconocido en Guanajuato.

Resumiendo, Alamán afirma que los insurgentes quemaron la puerta del edificio, pero niega que lo hubiese hecho un individuo apodado Pípila.

Lógico es, ante la mentalidad de Alamán, que éste le negara todo mérito a Hidalgo; tal como estar al frente de una batalla tan significativa para los insurgentes, como la de Guanajuato; pero muchos testigos presenciales como Pedro García, vecinos de la zona, soldados insurgentes y el mismo José María de Liceaga, declararon que el Cura Hidalgo estuvo presente en la toma de la Alhóndiga de Granaditas, y aún en lugares donde corría peligro su vida. Además, afirmar categóricamente que el Pípila no existió, porque ese apodo era desconocido en la ciudad, es una aseveración muy ligera.

Debiendo nosotros tomar muy en cuenta al respecto, que Alamán en el momento de los hechos, era un joven de escasos 18 años, pegado a las faldas de su madre, aristócrata, que por lo tanto no tenía contacto directo y frecuente con el pueblo, como para saber los apodos que estos suelen ponerse.

Un seguidor de la posición de Alamán fue Alberto María Carreño.

Don José María de Liceaga

En cambio, José María de Liceaga, quien también vivió los hechos y más intensamente, escribió una obra histórica para adicionar y rectificar lo narrado por Alamán; haciendo toda una investigación testimonial entre los vecinos viejos de los barrios cercanos a la Alhóndiga de Granaditas.

Resultado de lo anterior, nos cuenta que manifestando Hidalgo la necesidad de barras y otras herramientas para romper la puerta del castillo, lo escuchó el Pípila y le dijo al Cura que él se ofrecía a quemar la puerta, por lo que “se le dio para comprar aceite de beto, brea y ocote”, tapándose con una losa y arrimado a las paredes, llegó hasta la puerta, la que untó con aceite y brea y luego le arrimó fuego. Para afirmar la fuente de su dicho, Liceaga asienta en su texto:

 “Esto es lo que explicaban las muchas personas que lo presenciaron y observaron…”.

Lo que es risible e ilógico del dicho de Liceaga, es que, en esos momentos aciagos, haya habido una tienda abierta al público, donde el Pípila compró lo necesario para hacer su quemazón.

Liceaga nos sigue dando datos sobre el Pípila, informándonos lo que a su vez supo de boca de gentes guanajuatenses que lo conocieron. Tales como que, en épocas normales, diariamente subía y bajaba por el barrio del Terremoto y callejón de los Mandamientos, que están frente al Castillo de Granaditas. Que lo conocían bien y se trataba de palabra con algunos vecinos, pero que después del 28 de septiembre de 1810 lo habían dejado de ver. También le dijeron, como narraremos adelante, dónde y en que trabajaba, su nombre y su posible edad.

Don Pedro José Sotelo

Pedro José Sotelo, personaje que vivió al lado del Cura Hidalgo desde su tierna infancia, llegando a ser alfarero calificado en el taller que don Miguel tenía en la congregación de Dolores y que desde tiempo atrás al 16 de septiembre histórico, ya estaba comprometido a levantarse en armas, llegó a escribir sus memorias sobre la Revolución de Independencia, pero no narra la odisea de la quema de la puerta de Granaditas, ni menciona al héroe de tal hazana, pues no se encontró presente por atender en esas fechas asuntos del Cura en su pueblo.

Otro soldado de toda la gesta libertaria, fue don Pedro García, quien con lujo de detalles nos describe como el Pípila incendió la multicitada puerta de la Alhóndiga y además, como lo conoció, nos señala varias características de su persona.

A lo anterior, solo le unimos, para no dilatamos en lo mismo, los dichos de algunos testigos que conocieron al Pípila, tales como: María Victoriana Bretadillo, su esposa, la que armó de 1832 a 1834 toda una información testimonial para lograr los beneficios pensionales que determinaba para los héroes, sus cónyuges o descendientes, un decreto de 1823. Y tan pudo lograr demostrar su cometido, que gozo ella y sus descendientes hasta 1910, una pensión alimentaria que les dio el Gobierno Federal.

Entre esos testimonios están los siguientes

En el año de 1832 ante el cura del Real de Santa Ana, cercano a la ciudad de Guanajuato, Bernabé Rodríguez y José María Rangel, vecinos de ese mineral y mayores de sesenta años de edad, dijeron que fueron testigos lustros atrás, del matrimonio celebrado en Santa Ana, entre María Victoriana Bretadillo y el Pípila.

José Victoriano Fonseca, alcalde auxiliar del poblado de Valenciana, en 1832 certificó que el Pípila fue oriundo y vecino de ese lugar y esposo legítimo de Victoriana Bretadillo, y que también le constaba que el Pípila “desde el año de diez abrazó el partido nacional, y es de pública voz y fama la memorable hazaña de haber puesto fuego a la puerta de Granaditas, favoreciéndose con una losa para poder meterse bajo la batería”.

En 1833 el General de División Juan Pablo de Anaya declaró que en el tiempo que anduvo en la insurgencia con don Miguel Hidalgo y Costilla, oyó al Padre Hidalgo hablar del Pípila, en forma elogiosa del buen hecho que tuvo en Guanajuato en 1810. Pero Anaya no conoció personalmente a nuestro héroe popular.

En el mismo año de 1833, el Teniente Coronel José del Toro, declaró que, en año de 1810, hallándose en la ciudad de Guanajuato, cuando se tomó la Alhóndiga de Granaditas, escuchó entre la tropa y plebe, que el fuego que quemó la puerta de tal edificio, fue puesto por “un tal Martínez, conocido con el apodo de Pípila”.

Onofre Antonio Molina, quien llegó a ser Teniente coronel en las filas del Ejército Mexicano, certificó en 1834, que en 1810 fue Comandante de la Escolta Personal de don Miguel Hidalgo, y al salir de Guanajuato con rumbo a Valladolid, llevó entre su tropa al Pípila, quien asistió entre otras muchas a las batallas libradas en las Cruces, Aculco, Calderón y el Maguey, donde murió.

Por lo tanto, el Juan José Martínez, nacido en San Miguel y muerto en el mismo lugar en 1863, pudo ser un impostor, quien se quiso robar la gloria del verdadero Pípila.

Hemos repetido mucho el mote de este personaje, el que también tenía un nombre, no porque sea muy importante tenerlo sino porque desde hace muchos siglos han dado los mayores en imponemos esa distinción a los humanos. El primero que en letra de molde lo estampó fue Liceaga, nombrándolo Mariano; después en otros documentos sobre el Pípila, entre ellos los de su esposa, lo nombran Juan José Martínez y en otros Juan José de los Reyes Martínez, y en el acta de defunción lo llaman Juan José Martínez Amaro. El historiador Castillo León dice que se llamaba Juan José María Martínez.

¿De dónde era originario?

Don Leovino Zavala insistió que había nacido en San Miguel el Grande y para probarlo dio a conocer el acta de bautizo, que en sustancia dice:

 “En el año del Señor de mil setecientos ochenta y dos, a seis de enero, yo, el Bachiller don Juan de Dios Castiblanque,… bauticé, puse óleo y crisma a un infante español de esta villa, que nació a tres de dicho mes, y le puse por nombre Juan José de los Reyes, hijo legítimo de Pedro Martínez y María Rufino Amaro …”.

Otros lo hacen nacido en Santa Ana, Valenciana, Mellado y la misma ciudad de Guanajuato.

Pero, ¿si era de San Miguel, por qué se vino a Guanajuato?

Por la misma razón que muchos de los contornos de esta ciudad se venían: mejores salarios en los trabajos mineros. Habiendo llegado a este Real de Minas por lo menos en 1794 o antes.

¿Dónde moraba en Guanajuato?

Algunos lo asientan en el mineral de Santa Ana, otros en el de Valenciana y la mayoría junto con la tradición del lugar, en la subida o en las cumbres de Mellado; todos cercanos a Guanajuato. Posiblemente vivió en los tres lugares, pues era muy frecuente el cambio de cuadrilla entre los mineros, buscando mejores condiciones de trabajo en las diferentes negociaciones mineras locales.

Se ocupaba, en el momento de la iniciación de la lucha armada, como barretero en la mina de Mellado, aunque hay quien sostiene que en ese tiempo era dueño de un tenducho en la subida de Mellado y de cuatro arrastres, situados uno en Santa Rosa, otro en el Monte de San Nicolás, el tercero en el Cubo y el cuarto en otro mineral.

El insurgente Pedro García, que conoció en Guanajuato al Pípila, dice que era “de pequeña estatura, raquítico y muy poseído de una enfermedad común en las minas, a que se da vulgarmente el nombre de maduros”. Actualmente el pueblo, a los atacados de esa enfermedad silicosa, los designa con el mote de “cascados”.

Bustamante y el doctor José M. de la Fuente lo ponen con cualidades de líder; Liceaga nos hace saber que era sociable; otro estudioso de la historia sostiene que era joven y fuerte; todos coinciden en que era valiente.

El Pípila sabía leer y escribir y seguramente era tipo mestizo, con mucho de indio otomí o chichimeca y un poco de español; más bien bajo qué alto de estatura, inferior a un metro setenta centímetros; de color moreno, y si estaba silicoso, tirando a cenizo; de pelo lacio y oscuro, ojos rasgados, pómulos salientes, mandíbula fuerte, complexión delgada pero musculoso, y si estaba ya enfermo, más bien delgaducho. Pero dudamos que sufriera silicosis, pues por experiencia sabemos que una persona que padece tal enfermedad, no puede hacer esfuerzos físicos pesados, tales como cargar en las espaldas por más de cincuenta metros una losa de no menos cuarenta kilos, como debió ser la distancia recorrida y peso de la piedra soportada por el Pípila.

¿Cómo eran los mineros?

Hombre representativo de su gremio: el minero. Tenía todas las cualidades y defectos de ellos. Ocupados siempre en los peligrosos trabajos de dentro y fuera de las minas; eran vivos, de buen ánimo, muy alegres y dados a fiestas y francachelas, valientes hasta la temeridad, decididos a tomar cualquier posición; viciosos, ganando muy buenos salarios eran manirrotos, pues dilapidaban lo suyo en lujos, borracheras muy seguidas, todo tipo de juegos de azar, para lo que había en Guanajuato muchos “trucos” o casas de juego, palenques, prostíbulos y carriles para carreras de caballos, para todas las condiciones económicas; atrevidos, donjuanescos, mujeriegos, teniendo casi todos dos o más mujeres, las que constantemente dejaban por otras; picaros, pleitistas, bailadores, dicharacheros; podríase decir que mal educados, pues solo guardaban respeto a los símbolos religiosos, a sus ministros y a sus padres.

Fanáticos de su religión, sobre todo de aquellas divinidades o santos conectados por atributos a sus labores minerales; gustosos de lujos, del buen vivir, de las fiestas, su música y sus juegos; fieles a todo lo que consideraban bueno; dentro de su posición social y económica, bien vestidos y calzados, desde calzón y camisa limpia de manta nacional o catalana, con sombrero nuevo de paja y una buena frazada al hombro, hasta zapatos o botas con espuelas de grandes rodajas tintineantes, calzonera y chaquetilla de cuero de venado o becerro, adornados con valiosos alamares y botonaduras de metal, con sombrero de fieltro rodeada su baja copa de fina toquilla de hilos de oro o plata, un bien tejido multicolor jorongo y un buen caballo debidamente enjaezado.

Sus chinas, chatas o prietas, o sea sus mujeres, acordes a ellos en sus vestimentas. Sus relaciones sociales no iban más allá de con los miembros de su gremio y sus familias y en las manifestaciones que hemos ya dicho, las que sucedían en los barrios de la periferia de la ciudad y de los centras mineras; poblados de casas abigarradas, incómodas, acopladas a las accidentada topografía del terreno, de adobe sus paredes, con techados pianos de morillos, tejamanil y terrado, pintadas con policromía, donde predominaban los rojos, azules, morados y amarillos; o en el peor de los casos en jacales hechos con materiales que brindaba la naturaleza circundante. Alimentados siempre por tortilla y atole de maíz, frijoles y abundancia de chile; curados con yerbas medicinales y amuletos supersticiosos.

¿Eran personas poco instruidas?

La clase minera guanajuatense de esa época era inculta, pero menos que los campesinos abajeños o montaneses, habitantes de los terrenos que rodean a Guanajuato. Varios mineros conocían los trabajos de la agricultura y ganadería, porque los habían desempeñado en sus lugares de origen, pero además sabían realizar todos los manejos obreriles de las diversas etapas mineras, desde trabajar en los socavones barrenando, ademando, tronando, de norieros, cajeros, de mecapaleros, mandones, despachadores, hasta de caballos y zorras.

En las afueras, de arrieros, escogedores, malacateros; en las haciendas de beneficio o zangarros, de azogueros, patieros, amalgamadores, etc.

En las labores del campo no había trabajadores calificados, en la minería sí y muchos, por ser los trabajos más riesgosos y delicados. Esa gama de quehaceres los hacia más preparados.

El vivir en el centro minero los informaba de más cosas, el habitar en el campo los alejaba de los medios de comunicación. A lo anterior vamos a unirle que en Guanajuato los frailes betlemitas tenían una escuela gratuita para ensenar a leer y escribir a niños pobres, y por disposición del rey ya funcionaba otra, pagada por el cabildo, para el aprendizaje de las primeras letras. Además, los sacerdotes del Oratorio de San Felipe Neri, mantenían abierto en el espacio que fue de los Jesuitas, un colegio, que, aunque humilde, no dejó de sembrar lo suyo. Sin olvidar que la Compañía de Jesús estuvo en Guanajuato desde 1732 hasta 1767 y amplias y profundas enseñanzas dejó, que repercutieron en el tiempo hasta muy adelante.

Injusticias contra los mineros

El minero aprendió rudimentos científicos y humanistas, pero también supo de amarguras e injusticias que incubaron odios y rencores. Trabajaba rudamente catorce o dieciséis horas diarias, en condiciones por demás insalubres y peligrosas en grado sumo. Era golpeado impunemente para obligarlo a acelerar el trabajo; vilmente humillado en su dignidad al obligarlo a encuerarse totalmente antes de entrar a ejecutar su trabajo, y al terminarlo, al revisarle con la vista y el tacto hasta el ano.

De sus emolumentos, sin ninguna base legal, antes violando disposiciones que los protegían, les descontaban arteramente cantidades importantes, para construir un templo, un monasterio; para regalo del rey o su familia, virrey o intendente; para ayuda de gastos de guerra que España mantenía con otras monarquías; para el Papa, para bulas, misiones en el Tíbet u otros lugares lejanos y extraños; para beatificar y santificar una persona, para pagar el ejército, etc., siempre para algo que no los beneficiaba.

El minero guanajuatense se vio en 1767 rudamente castigado por oponerse a la pragmática del Rey Carlos III que expulsaba a los jesuitas del Real de Minas.

Por tal, muchos mineros fueron sentenciados a la pena de muerte, otros a galeras, algunos a perder un cuarto de su cuerpo, a destierro perpetuo o temporal, a ser azotados públicamente en la picota, a servir en el ejército y a pagar anualmente la ciudad toda, una multa de ocho mil pesos.

En algunas minas y haciendas de beneficio había tiendas, que hacían las mismas funciones que las tiendas de raya del campo, por lo que al igual que los labriegos agrícolas, había mineros deudores atados a una negociación minera.

Los mandones, capataces, mayordomos, administradores o dueños de minas, haciendas y zangarros, eran dueños de vidas y haciendas, pudiendo castigar a sus obreros, golpeándoles, reduciéndoles el sueldo, privándolos de la libertad.

Las autoridades civiles de la intendencia y locales, como la religiosa del clero secular, siempre estaban a favor de las decisiones de los ricos dueños de la industria, apoyándolos, aunque se lesionara el derecho de los obreros, como era el caso de la inhumana actitud de los condes de Valenciana con su numeroso contingente de trabajadores de ambos sexos de todas edades.

Motivos pues, para que el Pípila y sus iguales se levantaran, insurreccionándose contra los españoles y ricos, sobraron. Solo faltaba la mecha. El Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla la dio. La tomó el pueblo, entre ellos y muy significativamente los mineros de Guanajuato.

Pero: ¡Aún hay otras alhóndigas por incendiar!

Tomado del libro “El Pípila. Héroe popular de la insurgencia”. Por el Maestro Isauro Rionda Arreguín.

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