En diciembre de 1965 el C. Presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz realizó una gira de trabajo por la entidad atendiendo la invitación que le hiciera el Gobernador del Estado, Juan José Torres Landa.
Aprovechando la ocasión el H. Consejo Universitario acordó que en sesión solemne, del propio consejo, se hiciera entrega al primer mandatario de la nación el Breviario que llevaba consigo el caudillo Don José María Morelos y Pavón en el momento de su fusilamiento en conmemoración del 150 aniversario del acto luctuoso.
Este documento permaneció bajo la custodia del Colegio del Estado por más de cien años.
Dicha ceremonia significó uno de los eventos de la mayor trascendencia en la vida de la universidad de Guanajuato.
Sirva este recuerdo como homenaje a dos guanajuatenses distinguidos: Juan José Torres Landa, gobernador del estado y Daniel Chowell Cázares, rector de la universidad, cuya visión de hombres de estado hizo posible llevar a cabo un acontecimiento de tal magnitud, sin paralelo en la historia de la universidad
Guanajuato, Gto. México.

Discurso del Rector de la Universidad:
Señor Licenciado
Don Gustavo Díaz Ordaz
Presidente de la República:
Una vez más la Universidad de Guanajuato recibe el alto honor de su ilustre presencia, ahora como Jefe del Estado Mexicano, y el Honorable Consejo Universitario, por mi conducto, expresa a Usted, ante todo, sus más fervientes votos porque el éxito continúe presidiendo las delicadas tareas del Poder Ejecutivo encomendadas a su indiscutido patriotismo, su clara inteligencia y la firmeza austera que ha demostrado en el cumplimiento de sus deberes.
Al tener conocimiento de su visita oficial a nuestro Estado, los universitarios guanajuatenses acordamos que éste es el momento de cumplir un deber histórico ante nuestra Patria, cuando se cumplen 150 años del holocausto del héroe epónimo más grande de nuestra historia, el Generalísimo José María Morelos y Pavón.
Cuántas veces los mexicanos rendimos culto fervoroso a nuestros héroes; cuántas veces vibra nuestro espíritu y enaltecemos nuestros sentimientos para recordar el sacrificio de los próceres que a costa de su vida han forjado la historia verdadera de la Patria Mexicana, porque la vida política y social de esta Nación a partir de su independencia, en azaroso devenir, ha demandado la contribución más copiosa de hombres señeros, inteligentes y esforzados, para lograr su emancipación y el imperio de normas justas que nos proporcionen el decoro que demanda nuestra dignidad de hombres.
Estos paladines, desde el Grito heroico de Dolores hasta nuestros días, forman una pléyade gloriosa que con sus hazañas a veces inauditas, van trazando el rumbo de nuestra historia, van ordenando las instituciones y elevando penosamente la estructura de una Nación libre.
De este temple gigantesco destaca con resplandor de ceguera luminosa el Generalísimo Morelos.

Recibe del Padre de la Patria Don Miguel Hidalgo el encargo de levantar la revolución en el Sur, y con esta comisión sale de su curato en octubre de 1810 con solo 25 hombres, para iniciar su carrera de soldado que lo consagra como el estratega más notable de la insurgencia, al grado de poner en grave peligro la estabilidad del gobierno virreinal; pero la preocupación del Héroe no podía limitarse al desarrollo de las campañas militares, porque su pensamiento ya había concebido la necesidad de dar forma jurídica a una nueva Nación, convencido de que era el pueblo en armas que demandaba la independencia absoluta del gobierno español.
“Soy siervo de la Nación –dijo a don Andrés Quinta Roo- porque ésta asume la más grande, legítima e inviolable de las soberanías; quiero que tenga un gobierno dimanado del pueblo; que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad; que todos somos iguales, pues del mismo origen procedemos; que no hay privilegios ni abolengos, porque no es racional ni humano, ni debido, que haya esclavos, pues el color de la cara no cambia el del corazón ni del pensamiento; que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los del más rico hacendado; que todo el que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario; que se declare que lo nuestro ya es nuestro y para nuestros hijos; que tengan una fe, una causa y una bandera, bajo la cual todos juremos morir, antes de verla oprimida, como lo está ahora; y que cuando ya sea libre, estemos listos para defenderla”.
Fiel a estas ideas inmarcesibles, el Héroe sometió su grandeza de Caudillo al Congreso, como Representante de la Nación Americana y para salvarlo, en la acción de Temazcala afrontó conscientemente el peligro y la muerte.
El más acerbo de nuestros historiadores, Lucas Alamán, no puede soslayar esta verdad ni escatimar el elogio rendido ante la grandeza del Héroe. Dice así:
“Aunque la reputación de Morelos hubiese decaído mucho desde las derrotas de su ejército en Valladolid y Puruarán, conservaba todavía grande influjo y era el único que por el respeto que se le tenía por muchos de los jefes de los insurgentes, hubiera podido reunir éstos y hacerlos obrar bajo un plan y con un sistema uniforme. Sí el Congreso en vez de inutilizar sus servicios, reduciéndolo a ser vocal de un cuerpo deliberante o individuo de un gobierno que no era reconocido ni respetado, lo hubiera hecho pasar a Tehuacán, cuando Rayón y Rosains discordes, se disputaban el mando con las armas, es muy probable que las rivalidades hubieran cesado; que Osorno, Victoria, Terán, Guerrero y Sesma, habrían obedecido; y en las circunstancias en que se hallaban las armas reales en las provincias de Puebla, Veracruz, Oajaca y el Norte de la de México, no habrían podido resistir a este impulso simultáneo. Déjosele perder en la inacción aquellos momentos importantes, y cuando se le volvió a confiar el mando de las armas, aunque para un objeto limitado, todavía puso en movimiento todas las fuerzas del Gobierno, estuvo a punto de frustrar los bien combinados planes del virrey, y se sacrificó por asegurar la retirada del Congreso, pues no puede dudarse que si no se hubiera detenido para proteger la marcha de éste, no hubiera corrido riesgo su persona.
El temor que Morelos inspiraba aun después de sus derrotas y la nombradía que había ganado, lo prueba la impresión que su prisión causó, el ansia curiosa de verlo y conocerlo, y la importancia que el gobierno dio a todos los incidentes de su proceso. Entre éstos es muy notable la causa que la inquisición le formó, en la que se hecha claro de ver el empeño que se tenía en hacerlo pasar por hereje, para que esta calificación recayese sobre la revolución en que él había tenido una parte tan principal, y por esto sin duda el inquisidor Flores decía al virrey, cuando en oficio de 23 de noviembre le pedía que demorase por cuatro días la ejecución de la sentencia de la junta conciliar, -que la intervención de aquel tribunal podría ser muy útil y conveniente a la honra y gloria de Dios, al servicio del rey y del estado y quizá el medio más eficaz para extinguir la rebelión y conseguir el imponderable bien de la pacificación del reino, con el desengaño de los rebeldes en sus errores- Este objeto sin embargo, estuvo lejos de lograrse, o más bien el artificio obró contra sus autores, pues el proceso de Morelos fue el último golpe de descrédito de este tribunal, cuyo postrer acto público fue el auto de fe de aquel caudillo: de todo podría ser acusado Morelos menos de herejía, y además de la injusticia de la sentencia, pareció una venganza muy innoble, presentar como objeto de desprecio y vilipendio al mismo hombre que lo había sido antes de terror, no respetando los fueros de la desgracia, y cubriéndolo de ignominia en el momento de bajar al sepulcro”.
A las cuatro de la tarde del día 22 de diciembre de 1815 quedó consumado el sacrificio del Glorioso Caudillo y sepultado su cadáver en la parroquia del pueblo.
Fueron necesarias dos descargas para acabar con la vida indómita del Héroe que “quedó inmóvil sobre una charca de sangre”.
El padre Salazar hizo vestir el cadáver con el mismo capote que Morelos se había quitado para el acto de la ejecución; se recogieron sus objetos personales y el notario eclesiástico asentó en este Breviario:
Este Breviario lo traia
consigo el apostata Don
José Maria Morelos cura
que fue de Nucupetaro, fu
cilado el dia de hoy a la sa
lida de este Pueblo por trai
dor a su patria y a su Rey.
Tanto este libro como un
pequeño diccionario un libro
de oraciones de Da. Juana Pa
bon dos medallas una bolsa
de cuero utiles de sacar
(sigue aquí una parte ilegible por haberse impregnado en el papel el sello de lacre)
manchadas de sangre
y estas un poco mas
limpias. Todos los obge
tos espresados se depoci
tan en el archivo de
esta Sta. Iglecia.
San Cristóbal Dbre 22 de
1815 años
Notario
Alf°. De Quiros
Rúbrica y sello.
Nosotros que hemos recibido el fruto de los afanes de nuestros antepasados, sabemos ahora que el dominador español se equivocó al creer que con la muerte de Morelos, el más noble y más bravo defensor de la independencia, acabaría la lucha por la libertad.
Por el contrario, él es el primer ideólogo que da un contenido social a nuestros movimientos reivindicadores; su natural sagacidad advierte que el triunfo sólo es posible si se finca en beneficio del pueblo y que la unión de los mexicanos requería de instituciones orgánicas bajo el principio supremo y rector de una Constitución.
Así entra en la inmortalidad.
Su ideario desde entonces cobra renovado vigor y encauza la lucha de los insurgentes hacia el bien definido propósito de lograr la independencia de México, no sólo de aquellos que en los campos de batalla por todo el territorio de la patria mantuvieron la guerra contra el dominio español, sino también de los que con su intelecto dieron a la causa la inapreciable contribución de las ideas libertarias.
Entre ellos el sabio Maestro y patriota sacerdote don Marcelino Mangas, que dedicó su vida entera en este Colegio a la educación de la juventud guanajuatense desde 1800 hasta el 26 de septiembre de 1856 en que se apagó su vida fecunda.
Lleno de enfermedades, solo y sin recursos, mantuvo aquí la llama del saber contra todas las adversidades, sin que jamás flaqueara, ni ante el quebranto constante de su salud. Ni menos ante la indiferencia o los ataques de sus contemporáneos.
Fue Rector de este Colegio desde 1802 hasta 1828, es decir, en la época en que las calamidades de la guerra azotaron terriblemente a Guanajuato, y sin embargo, nada impidió que el maestro continuara infatigablemente su obra educativa. Al descubrirse en 1812 que estaba afiliado al partido independiente, la curia eclesiástica lo procesó y lo suspendió por algún tiempo en el ejercicio de su ministerio.
El 26 de abril de 1821 Iturbide ordenó que nuestro Colegio fuera convertido en Casa de Moneda, con la consecuencia de clausurar y desocupar sus cátedras; pero el maestro se recluyó con sus alumnos que lo amaban entrañablemente en unas piezas del entresuelo de este edificio para continuar su tarea, hasta el establecimiento de la República en 1824, y durante muchos de los años de su ministerio docente impartió sus cátedras sin recibir sueldo alguno y sin que él jamás reclamara nada para sí.

Decía este ilustre guanajuatense en una solicitud que elevó a los inspectores de educación para que no lo cambiaran de la pieza que habitaba en esta Casa:
“… y mucho más trabajé desde el año diez y ocho añadiendo a las horas de mi Cátedra las de instrucción a varios niños en Álgebra y Geometría y en año veinte y cinco a otros varios enseñé el curso Filosófico del P. Jaquier y de ellos dos tuvieron actos que dediqué uno al Honorable Congreso 1º Constitucional y otro al actual Sr. Gobernador, y se demoraron hasta la apertura de este Colegio por contribuir a su honor. Desde el año diez y ocho junté varios jóvenes a quienes daba lecciones de Teología Moral de las doce de la mañana a las dos de la tarde, o por las noches de las ocho hasta las diez, así es que estos como los otros, y cuando se hallaban todos en la mayor abyección, sólo me han tenido a su favor, y así es también que tengo la satisfacción de no sólo haberles servido de maestro, sino de darles libros, instrumentos, tinta, papel, plumas y todo lo necesario hasta donde pudo mi posibilidad, hasta verlos colocados o en hospicios y empleos que les dan de comer; y hasta ver más de doce de ellos colocados en el sacerdocio, y siendo muy útiles a la Iglesia. Y esto ¿Cuándo? Cuando desde el año doce he servido sin sueldo hasta diciembre de veinte y tres y sin poder aún cobrar de aquel sueldo un maravedí”
Pues bien, este Breviario del Padre Morelos formaba parte de la biblioteca de nuestro inmaculado Rector, hecho que demuestra una vez más su filiación insurgente y los empeños que debe haber puesto para rescatarlo de los sicarios que lo inmolaron.
Al morir el padre Mangas, por propio derecho el Colegio del Estado entró en posesión de su biblioteca, acreciendo la suya propia, llegando hasta ahora bajo el cuidado y la guarda de la Universidad.
Este Breviario fue parte íntima en la vida del Patricio, lo acompañó en la constante invocación de la Divinidad, en las inquietudes por alcanzar la libertad para su Patria, en los triunfos y las derrotas de la guerra, en el planteamiento de principios que justificaran la revolución, en idear las bases políticas de organización de la nueva Nación y por último, quedo empapado en su sangre al caer acribillado por las balas de sus enemigos.
Así pues, pertenece a la Nación Mexicana.
El Colegio del Estado, ahora Universidad de Guanajuato, por más de un siglo, ha cumplido con fidelidad y lealtad la misión que le impuso el destino de ser custodio de este monumento de nuestra historia.
Y conviene recordar en este solemne momento, con la mayor brevedad, estas palabras de Usted, Señor Presidente:
“De la propia entraña del pueblo mexicano vengo y a ella he de regresar; él me dio inspiración y sentido a mi vida; es mi único aliento y mi sola fuerza; me ha concedido los más grandes e inmerecidos honores, y en mis manos puso confiadamente su esperanza. Me entrego por entero a la tarea de comprenderlo, de obedecerlo y de servirlo”.
Así pues, Señor Presidente, usted también es Siervo de la Nación.
Teniendo en cuenta las anteriores consideraciones, el Honorable Consejo Universitario, en su sesión extraordinaria del día 9 del mes en curso, tuvo a bien acordar que se haga entrega a Usted en su calidad de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, de este documento que fuera propiedad del Generalísimo don José María Morelos y Pavón.
Sobrecogido mi espíritu ante la grandeza de este acto histórico, me corresponde el más alto honor de dar cumplimiento al mandato de la autoridad superior de esta Casa de Estudios.
No nos causa nostalgia ni duelo el desprendimiento de este preciado documento que tantas generaciones han velado con amor entrañable.
Todo lo contrario: este momento es de satisfacción para los universitarios guanajuatenses, porque queda nuestro deber cumplido con la confianza plena en el Presidente Universitario que enarbola con mano firme la bandera bajo la cual, como demandaba el Héroe, ya hemos jurado morir antes de verla oprimida.
Guanajuato, Gto. 16 de Diciembre de 1965.
Lic. DanieL Chowell Cázares
Rector de la Universidad de Guanajuato
* Trascripción, revisión de texto y edición. Manuel F. Chowell Zepeda
* Fotografía Francisco Ballesteros
* Archivo documental y fotográfico Manuel F. Chowell Zepeda
Producción: M Consultoría
Guanajuato, Gto. MÉXICO


