Las culturas prehispánicas de Mesoamérica dejaron un enorme legado histórico, desde códices, monolitos y enormes vestigios arqueológicos como las pirámides. “El disco de la muerte” es uno de los fragmentos teotihuacanos más representativos que hay de dicha milenaria ciudad.
Teotihuacán es una de las ciudades que más intriga genera pues es de las sociedades antiguas más importantes de Mesoamérica pero también una de las que menos se conoce a diferencia de los mayas o metrópolis que le precedieron como Tenochtitlán.
Unas de las razones por las que no se conoce mucho sobre Teotihuacán es que aún no se ha descifrado sus jeroglíficos, hecho que sí sucedió con los mayas. Por lo que lo poco que se sabe al respecto es por el aproximamiento arqueológico que tuvieron los mexicas con esta cultura milenaria.
Entre las múltiples esculturas teotihuacanas que hay en el Museo Nacional de Antropología (MNA) una de las más representativas es el Disco de la Muerte o Disco del Sol Muerto.
De acuerdo con el sitio web del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dicha escultura fue descubierta frente a la Pirámide del Sol en Teotihuacán en 1963. El Disco del Sol Muerto simboliza el vínculo entre la muerte y la regeneración.
Fue tallada en andesita y decorada con pigmento rojo, pertenece al periodo Clásico (1-650 d.C) y sus dimensiones son: 126 x 102 x 25 cms. La pieza es una discoteca de piedra en la cual se representa un rostro humano descarnado, rodeado por un halo que podría representar un papel plegado.
De acuerdo al INAH:
Esta escultura, descubierta frente a la Pirámide del Sol en Teotihuacan y conocida como el Disco de la Muerte o Disco del Sol Muerto, simboliza el vínculo entre muerte y regeneración. Su iconografía y policromía, junto con su ubicación, sugieren una estrecha relación con los sacrificios humanos y la energía solar, reafirmando el papel de la muerte como un elemento necesario para el equilibrio cósmico.
En la cosmovisión mesoamericana, vida y muerte no eran opuestos irreconciliables, sino etapas interdependientes de un mismo ciclo. Esta relación entre ambos conceptos sostenía la estructura misma del universo y permeaba cada aspecto de la cultura. Para los pueblos de Mesoamérica, la muerte representaba una transición a otro plano, un paso necesario para la regeneración de la vida y el fortalecimiento de las fuerzas que mantenían el orden cósmico.
#PiezaDelDía 🔶 Disco de la Muerte
También conocido como el disco del Sol Muerto de Teotihuacan, se considera la posible interpretación de un eclipse, como menciona el Dr. Jesús Galindo en su conferencia “Los eclipses en la época prehispánica en Mesoamérica”. pic.twitter.com/umtQ6zVcXu
— INAH (@INAHmx) March 28, 2025
En este sentido, el sacrificio era una práctica esencial para honrar a los dioses y asegurar el equilibrio en el cosmos. Los sacrificios de sangre, considerados el fluido vital por excelencia, ofrecían a los dioses la energía que requerían para mantener el ciclo de vida en funcionamiento. El sacrificio humano, en particular, era el vínculo que nutría y fortalecía las fuerzas naturales, especialmente al Sol, cuyo recorrido diario era fundamental para la existencia. A través de estos sacrificios, pueblos mesoamericanos, como los mexicas o mayas, buscaban retribuir a los dioses el favor de la vida y la fertilidad, contribuyendo con su propia sangre a la preservación del cosmos.
Expertos del INAH explican que en la cosmovisión mesoamericana, la vida y la muerte “no eran opuestos irreconciliables”, sino “etapas interdependientes de un mismo ciclo”.
Esta relación dialéctica “sostenía la estructura misma del universo y permeaba cada aspecto de la cultura”. Cabe mencionar que para los pueblos mesoamericanos, la muerte sólo representaba una transición a otro plano, un paso necesario para la regeneración de la vida y el fortalecimiento de las fuerzas que mantenían el orden cósmico.
¿Teotihuacán no es su nombre real?
De acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Teotihuacán, que se traduce al español como “Lugar donde fueron hechos los dioses” o “ciudad de los dioses”, se trata en realidad de un topónimo de origen náhuatl y que fue empleado por la cultura mexicas, por lo que, en realidad, se desconoce el nombre que le daban sus habitantes.
El INAH explica que tras problemas políticos y sociales internos, Teotihuacán habría colapsado entre los años entre los años 700 y 750 d.C, y, una nueva hipótesis apunta que dicho suceso se habría dado realmente en el año 570 d.C. De acuerdo con la arqueóloga Linda Rosa Manzanilla Naim, las nuevas fechas se pudieron dar gracias a pruebas de radiocarbono y arqueomagnetismo.
Con la caída y abandono de Teotihuacán, siglos posteriores, tanto toltecas como mexicas comenzaron a explorar la ciudad abandonada.
Cabe mencionar que el INAH detalla que durante el siglo XVI se registró por primera vez en caracteres latinos el vocablo “Teotihuacan”, escrito en hoja de papel europeo como se da cuenta en los relatos de Sahagún, quien supo de esta información gracias a sus informantes indígenas. Por lo que, realmente no se sabe cómo es que los propios teotihuacanos llamaban a su ciudad, hecho que sigue siendo una incógnita.
Fuentes: El Sol de México, INAH, MXC.