Toma de la Alhóndiga de Granaditas

Por la mañana del 28 de septiembre de 1810 llegaron los coroneles Mariano Abasolo e Ignacio Camargo, enviados por el cura don Miguel Hidalgo y Costilla, a la trinchera de los realistas para pedir la rendición del Intendente Juan Antonio Riaño, la cual fue denegada.

Hubo intercambio de cartas previo al inicio de la batalla. El intendente Juan Antonio Riaño sometió a votación la decisión y un puñado de extranjeros optaron por hacer frente a las masas insurgentes.

Una vez dentro de la Alhóndiga de Granaditas, donde se habían refugiado los españoles desde el 25 de septiembre de 1810, Don Ignacio Camargo, que fue el encargado de leer el mensaje que enviaba el Cura Hidalgo, en tono seguro y con voz de enojo dijo:

“Que el numeroso Ejército que comandaba Hidalgo lo había aclamado en los campos de Celaya Capitán General de América, y que aquella ciudad, con su Ayuntamiento, lo había reconocido por tal, y se hallaba autorizado bastantemente para proclamar la independencia que tenía meditada; porque siéndole para esto, obstáculos los europeos, le era indispensable recoger á cuantos existían en el reino, y confiscar sus bienes; y así, le prevenía se diese por arrestado con todos los que le acompañan, a quienes trataría con el mejor decoro, y de lo contrario entraría con su Ejército a viva fuerza, sufriendo el rigor de la guerra”.

Al calce del oficio decía al intendente, que “la amistad que le había profesado le hacía ofrecerle un asilo seguro para su familia en un evento desgraciado. (…)”.

No hay que rendirse. . .vencer o morir: Riaño

Una vez leída la advertencia el teniente Ignacio C. enrolla y guarda el mensaje, simulando que todo está dicho, los allí presentes voltean hacia donde se encontraba el Intendente Juan Antonio Riaño, quien camina unos pasos, como acercándose al grupo de europeos y oficiales, respira profundo y alzando la voz, matiza su mensaje:

“Señores, ya ustedes han oído lo que dice el cura Hidalgo; trae mucha gente, e ignoramos su número, como también si trae artillería, en cuyo caso es imposible defendernos… Yo no tengo temor ninguno, pues estoy pronto á perder la vida en compañía de ustedes; pero no quiero crean intento sacrificarlos a mis particulares ideas. Ustedes me dirán las suyas que estoy pronto a seguirlas”.

Después del profundo silencio, los ojos de los portadores de la negociación, Camargo y Riaño, clavan sus miradas en los primeros que comienzan a hablar: retador, se escucha el grito “No hay que rendirse. . .vencer o morir”, lo que despertó más gritos de apoyo. El intendente entendió el mensaje de los europeos presentes y, para concluir la sesión, expresó:

“No reconocemos otro capitán General que al Virrey D. Francisco Javier Venegas”.

Camargo con la diplomacia del caso, abandona la Alhóndiga y va a rendir el parte final al cura Hidalgo.

Inicia el combate

Poco antes de que el correo llegara ante su general, Hidalgo, Allende, Jiménez y el propio Abasolo y la muchedumbre vieron a lo lejos a un soldado realista colocar en la parte alta del palacio de maíz (así se le llamaba a la Alhóndiga por almacenar granos) la bandera de guerra… un suspiro colectivo pareció esparcirse por doquier: mucha sangre correría y solamente faltaban unos minutos para que comenzara el ataque y la defensa.

En el interior el Intendente Riaño colocó a la tropa en las trincheras. El resto con los europeos. Parte en la plazoleta de la Alhóndiga, y parte en la azotea. También formó la caballería dentro de las trincheras y distribuyó las municiones. Todos, hasta algunos sacerdotes, en espera del ataque.

Riaño también habló también con su hijo Gilberto: le delegó tarea y le dio su bendición.

Por algunas ventanillas de la Alhóndiga los españoles fueron los primeros en hacer fuego y, de inmediato, cayeron muertos tres indios. El contraataque de los insurgentes fue una lluvia de piedras. De un vistazo Riaño ve que el centinela ha abandonado su puesto y su fusil. Él lo toma y comienza a disparar. A lo lejos, sin que el intendente se diera cuenta, un cabo de Celaya lo ve derribando indios, se coloca en posición de disparo, lo pone en su mira y, su bala entra en el ojo izquierdo del defensor Riaño y, la misma bala descalabra a un cabo del batallón de Guanajuato que estaba a sus espaldas.

De inmediato los soldados que estaban a su alrededor recogieron el cadáver del Intendente Riaño y lo colocaron en el cuarto número dos: allí, aferrado a su cuerpo, su hijo Gilberto Riaño lloró y tomó la pistola para matarse, pero los que lo acompañaban ofrecieron ponerlo en el frente para que se vengara y morir con dignidad.

En tanto, el pueblo de Guanajuato, junto con los mineros y campesinos, que en el tiempo fueron humillados y pisoteados por los extranjeros, se sumaron a la toma de la Alhóndiga.

El llamado a El Pípila

Cerca de las dos de la tarde, de ese 28 de septiembre de 1810, emerge la figura de El Pípila. Su nombre era Juan José de los Reyes Martínez Amaro. El cura Hidalgo, se dirigió al hombre de clase del pueblo con estas palabras:

  • “Pípila: la patria necesita de tu valor… ¿Te atreverías a prender fuego a la puerta de la Alhóndiga?…

El Pípila sin titubear dijo que sí y con una loza a la espalda, reata al pecho y antorcha encendida se acerca a la puerta principal de la Alhóndiga de Granaditas para incendiarla.

Más indios, más pípilas se sumaron a la puerta principal, acercando ocote y más brea … la puerta tardaría en convertirse en cenizas hora y media. Y ya, con los insurgentes adentro, indios, mineros, campesinos y pueblo en general tuvo de rodillas a soldados realistas, a gachupines y a sacerdotes, quienes pedían clemencia en medio de súplicas y de lágrimas, atención que no fue atendida: se comenzó a matar a cuanto se encontraba.

No hubo salida ni escapatoria. Muchos eran rematados con lanzas. Otros ahorcados con hondas. Eran pisoteados y las ropas de los moribundos europeos eran desprendidas a tirones.

Tras cuatro horas de combate la batalla terminó a favor del ejército insurgente. Los primeros rayos del sol de ese 29 de septiembre de 1810, el cura Hidalgo en su caballo negro y su catre en ancas se dirigió al cuartel de San Pedro.

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